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Sara Nieto: “Volví a sentirme en mi casa” | Desde la galería

Durante agosto y septiembre, Sara Nieto –ex primera bailarina estrella del Ballet de Santiago, coreógrafa y directora de su propia compañía– volvió al Teatro Municipal de Santiago, a trabajar con la agrupación en Trilogía + 1, el título con que el Municipal ha vuelto a recibir a sus públicos luego de 18 meses. En esta entrevista, la artista habla del regreso al Teatro, de los desafíos de trabajar con las nuevas generaciones y de danza en general, incluso, de bachata.


Por M. Angélica Navarro O.

Las puertas de Agustinas y el telón volvieron a abrir. El foyer dejó atrás el ruido de la ciudad para lucir a los artistas del Ballet de Santiago y la Orquesta Filarmónica de Santiago, quienes lo dejaron todo en el escenario. Y los públicos, por primera vez en 18 meses, estuvieron ahí. Fueron 260 personas las que disfrutaron y aplaudieron largamente el programa de ballet Trilogía +1. Fueron, en total, alrededor de 500 personas –contando a los artistas y trabajadores del Teatro– las que se emocionaron al unísono ante ese momento tan esperado: la reapertura tras la pandemia por Covid-19.

Sara Nieto fue una de ellas: “Fue muy lindo y emocionante. Los chicos estaban felices de volver al escenario, de sentir el público después de tanto tiempo. Estoy muy contenta con el trabajo de Cristopher y Noelia”. La artista uruguaya –ex primera bailarina estrella del Ballet de Santiago–, junto al maestro Pablo Aharonian, acompañó por dos meses a Cristopher Montenegro y Noelia Sánchez en los preparativos de Tres preludios, de Ben Stevenson, obra que forma parte de Trilogía +1 y que Nieto bailó en innumerables ocasiones.

Sara Nieto

¿Cómo fue revivir Tres preludios, esta vez, enseñándosela a una nueva generación de bailarines del Ballet de Santiago?

Cuando me llamó Luis [Ortigoza, director artístico de la compañía] para decirme que quería que remontara Tres preludios, para mí fue lo máximo porque es una joya. Fue mi caballito de batalla, una de las obras cortas que más amé en mi vida y que me dio muchas satisfacciones. La música [de Rachmaninoff] es maravillosa y la coreografía es perfecta con la música; parece que hubiera sido escrita para el ballet. Y, a pesar de que aparentemente es una pieza abstracta, tiene una historia: una pareja que se conoce y tiene momentos buenos y malos o, al menos, eso uno se imagina. La obra va pasando por muchos estados de ánimo y estados de comunicación, vivencias o cosas que pasan con las parejas normales. Entonces, cada movimiento tiene una expresión y un significado. Eso es muy lindo y, después de que lo tienes en el cuerpo, te olvidas de que estás bailando porque además uno está acostumbrado a pasar todos los sentimientos al cuerpo, entonces cualquier cosa que sientes la pasas automáticamente al movimiento.

¿De qué manera le transmitiste eso a los bailarines?

¡Traté! En la actualidad, todo lo moderno es más frío, más técnico, y si tú les dices ‘muévete así o asá’ [explica moviéndose con emoción], te miran como si fueras una vieja loca; seguro piensan que eso está antiguo. Entonces al principio estaban un poco reacios a demostrar algo, pero finalmente respondieron fantástico. Tuvimos dos días de trabajo con Ben Stevenson por Zoom y él les exageraba la emoción en los movimientos para soltarlos y lograr lo que él quería. Y eso fue muy bueno porque él reafirmó las cosas que yo les venía diciendo.

Tres preludios, de Ben Stevenson. En las fotos, los bailarines Noelia Sánchez y Cristopher Montenegro, la pianista Nathalia Aquiles y Sara Nieto. La obra es parte del programa del Ballet de Santiago, Trilogía +1.

¿Pudiste ver las otras obras de Trilogía +1? ¿Qué te pareció el trabajo de la compañía?

Me encantó la compañía. Son buenos bailarines. Comparando con mi época, todo avanzó. Han mejorado mucho los físicos, la técnica y los vi a todos súper trabajadores, dedicados, prolijos. En la función, me encantó la entrega. Era emocionante verlos porque todos demostraban las ganas y amor por lo que hacían. Y eso no siempre lo ves en una compañía entera.

¿Qué sentiste con este regreso al Teatro Municipal de Santiago?

Fue increíble. La recepción fue muy buena, en general, de todos. Volví a sentirme en mi casa.

 


Una nueva casa para Sara Nieto

Un telegrama cambió, literalmente, el rumbo de su vida. Corría el año 1980 y en Montevideo, Uruguay, el único teatro que tenía una compañía de ballet –el SODRE– estaba en ruinas por un incendio ocurrido en 1971. Ella, Sara Nieto, bailaba desde los tres años, desde los 15 era miembro del Ballet Nacional del SODRE y a los 23 fue testigo de la destrucción del lugar que había visto nacer su vocación. La compañía siguió funcionando, pero ya nada era lo mismo: no tenían su escenario, no llegaban maestros y coreógrafos que desafiaran a los bailarines, cada vez tenían menos funciones y los ánimos estaban por el suelo.

El remitente de ese telegrama era Octavio Cintolesi, director del Ballet de Santiago. “Hablar por teléfono en esa época era imposible. Yo no tenía teléfono en mi casa y si quería llamar a alguien, tenía ir que al hotel de mi suegra, que quedaba como a ocho cuadras de mi casa”. Por eso, la mejor forma de comunicarse era el telegrama. El mensaje era una invitación a integrarse a la compañía de danza clásica chilena como primera bailarina.

Octavio Cintolesi nunca había visto a Sara Nieto bailar; Luz Lorca, subdirectora del Ballet de Santiago y secuaz de Cintolesi en la búsqueda de una nueva figura para la compañía, tampoco. En una época análoga –sin cámaras digitales ni internet– no circulaban videos y el boca a boca era la única alternativa. En el caso de Sara Nieto, fue Esmeralda Agoglia quien la recomendó. La bailarina argentina la había conocido en un concurso en el SODRE del cual era jurado y, tiempo después, fue a Santiago a montar un ballet.

Sara Nieto con Esmeralda Agoglia (izquierda); Sara Nieto junto a Octavio Cintolesi y Rubén Chayán (derecha)

“Leí el mensaje y dije: ‘Ah, nooooo’. En Uruguay estaba cómoda: ya era una primera bailarina reconocida, el público y la crítica me conocían y yo era la regalona. Era un lugar seguro para mí. Pero, a la vez, yo quería luchar”. Su marido, Luciano Lago –con quien ya tenía sus dos hijos, Leticia y Leonardo–, la persuadió de dar el paso. “Tienes que ir a probar porque acá vas a terminar tejiendo y jubilada a los 30 años”, le dijo. Finalmente, en agosto de 1980 viajaron a Santiago para un periodo de prueba hasta diciembre.

Fue parte del Ballet de Santiago por 15 años, agrupación en la que desarrolló la segunda parte de su carrera. “La de Uruguay y la de Chile fueron dos carreras absolutamente diferentes, más que nada, por las edades y mis momentos. Cuando eres joven, eres como un potro salvaje y no te importa nada, no tienes mucha conciencia y lo único que quieres es bailar y bailar. Y acá tomé más experiencia y más calma” , comenta Sara.

¿Qué momentos atesoras de tu carrera en el Ballet de Santiago?

Siempre lo relaciono con algún maestro o un coreógrafo. Cuando un director como Ivan Nagy o con un coreógrafo como Ben Stevenson te dan la aprobación, te dicen que estás bien y que salió fantástico, son momentos que no te olvidas porque no pasa todos los días. Por otro lado, hubo dos hitos que también fueron muy especiales.

La gala Estrellas Mundiales del Ballet, después del terremoto de 1985, fue inolvidable. Todos los grandes bailarines vinieron gratis para recaudar fondos para los damnificados, entre ellos, Fernando Bujones. Los chicos llegaban en la mañana, ensayábamos y bailábamos en la noche. Era un ambiente inolvidable, épico, muy impresionante. Además, ellos nos habían visto en una función de La fierecilla domada y en la fiesta que se hizo después, se nos acercaron a felicitarnos y eso también fue muy emotivo. Que venga gente tan famosa y te felicite, te llena de orgullo.

La gira en Nueva York también que fue increíble. Ya el hecho de haber conseguido ir, fue inédito. Ivan Nagy era tan carismático que convenció a todos de hacerlo y con la ayuda de los Amigos del Municipal se recaudaron los fondos. Fueron meses de preparativos y todos estábamos muy excitados. Preparamos Rosalinda y un programa triple que incluía Tres preludios de Ben Stevenson [el mismo que repuso para el Ballet de Santiago y que es parte de Trilogía +1], Tres danzas con música japonesa de Jack Carter y una obra de Vicente Nebrada. Yo bailaba sólo en el programa mixto y estaba tranquila.

La idea de Ivan era que Natalia Makarova hiciera Rosalinda. Una día me llamó a la oficina y me dijo: ‘Makarova no quiere hacer Rosalinda y Maryse Egasse –una bailarina preciosa que estuvo en la compañía– tampoco, así que vas a tener que hacerlo tú’. Y ahí mi corazón empezó ‘pum, pum, pum, pum, pum’ porque era una responsabilidad enorme. ¡Además no tenía suplente! Así que bailé Rosalinda con Edgardo Hartley y Tres preludios y las Danzas japonesas con otros chicos. Íbamos todos justos, muy unidos, todos con el corazón puesto ahí. Se trabajó muchísimo.

El Ballet de Santiago en el aeropuerto antes del viaje a Nueva York

 ¿Cómo fue la recepción del público neoyorkino?

¡Fantástica! Nosotros sentíamos mucha ansiedad y responsabilidad; Ivan y Ronald Hynd, el coreógrafo, estaban muy nerviosos. Ivan quería mostrar su compañía al máximo y Ronald, que todo saliera perfecto. Y todo salió bien. Yo lo había disfrutado y había quedado conforme. Pero lo que más me llamó la atención fue que, desde que empezó la función, el público se reía fuerte. Me acuerdo que en la escena yo estaba en una mesita leyendo el diario y Edgardo entraba tapado con una toalla luego de una borrachera; se abrió el telón y se oían carcajadas. A cada rato se reían, entonces eso también te daba más ganas. Tuvo mucho éxito; Ivan no podía más de contento. Fue algo increíble, increíble, increíble. ¡Inolvidable!

Llegamos acá y todos se habían enterado. Hubo una fiesta y ahí a Ivan se le ocurrió nombrarme primera bailarina estrella. Y dije: ‘¡es que este hombre está loco!’ Casi me meto debajo de la mesa No existían primera bailarina estrella en Sudamérica y él quería tener una en su compañía, pero no me lo tomé en serio.

¿Cómo no?

No me sentía primera bailarina estrella, nunca fui soberbia ni me gustó aparentar. Entonces dije: ‘tengo que hacer algo contrario a lo que soy’. Así que para la clase, que la hacía la mujer Ivan, Marilyn Burr, me disfracé y me hice la regia estupenda, pero ridícula. Me puse un tutú negro, con zapatillas y cintas negras atadas hasta arriba; me hice unas pestañas de papel negro enormes, me peine acá arriba, me llené de collares y me puse un chal madrileño. Jamás llegué tarde a una clase, pero ese día eran las 10:00 y yo no había llegado. Marilyn ya había empezado a hacer ejercicios en el piso y llegué y dije ‘Marilyn, stop’. ¡La gente no podía creer y se empezaron a reír como locos! Fue tan bonito, fue un relax: bueno, está bien, me dieron el título, pero me lo tomo con humor.

Tuviste una carrera de más de 30 años. Seguramente te tocó interpretar los mismos personajes en diferentes momentos de vida. ¿Eran distintos cada vez?

Te podría dar un ejemplo concreto, con el ballet que fue el amor de mi vida: Giselle. Era el que más soñaba bailar, fue de las primeras obras clásicas que me tocó interpretar y fue un ballet que bailé hasta el último día de mi vida. Entonces vas madurando muchísimo los personajes, te das cuenta que había partes que no te gustaba lo que hacías, que no era verdadero lo que sentías o que en alguna parte podías dar más. Y Giselle fue la obra con la que me despedí de los escenarios en Uruguay, después de la despedida en Santiago.

Incluso hiciste de Bathilde en 2014, para una función de Giselle en homenaje a Ivan Nagy…

Esa fue la última vez que estuve en el escenario del Teatro y ya habían pasado más de 15 años de mi retiro. Ivan fue mi papá artístico porque gracias a él tuve la carrera que tuve y nos queríamos mucho. Un día me reuní con Luz Lorca y Marcia Haydée y me dijeron: ‘para la función de Ivan, queremos que hagas de Bathilde’. ¡Y Bathilde es una muchacha joven y yo tenía casi 70 años! Entonces les dije que me dejaran ser la mamá, por lo menos, porque iba a parecer la abuelita. Y me dijeron que no, que querían que hiciera Bathilde. Y dije: ‘bueno, por Ivan hago cualquier cosa’. Fue lindo estar con la compañía, con Natalia Berríos y Luis. En Uruguay después sí me tocó ser la mamá de Giselle, porque para la reapertura del SODRE después de 40 años fui a remontar el ballet y Julio Bocca, que era el director de la compañía, me obligó a hacer ese rol. ¡Así que me he pasado por todos los roles de Giselle!

Sara Nieto como la princesa Bathilde en Giselle, junto a Marylin Burr, esposa de Ivan Nagy.

Eso hace que las artes escénicas sean artes vivas, independiente de que, en el caso del ballet, la coreografía sea la misma. Ninguna función es igual a otra y, más aún, ninguna temporada igual a otra porque las personas cambian.

Exactamente. Los pasos son los mismos, pero nunca hay dos funciones iguales. Hay algunas en que terminas feliz, transportada, porque lo sentiste. Cuando haces ese tipo de roles no terminas la función pensando ‘pucha, no me salió la pirueta’. No. Estás pensando si realmente te sentiste en el personaje, si lo pudiste transmitir. Hay días en que no te puedes meter; capaz que el público no se da cuenta, pero para ti es una experiencia fea.

¿Y qué pasaba si estabas teniendo un mal día?

Te puede pasar, pero no te lo puedes permitir. Cuando tienes una responsabilidad tan grande, desde la mañana te levantas con eso en la cabeza, entonces si estás de mal humor o algo, tienes que borrarlo porque no sirve. Hay veces que estás enferma y bailas igual. Hubo un año que tuve úlceras y nunca fui al médico sino hasta que terminó la temporada. Y el doctor me pregunto: ‘¿Cuándo tuvo úlceras?’ Y yo le pregunté de vuelta: ‘¿Tuve úlceras?’ La verdad es que no me di cuenta. Después, de más vieja, tenía dolores en los huesos, en los pies, las quebradura y ahí también tienes que aguantar.

The Show Must Go On… Hay mucha postergación de uno mismo en las carreras artísticas.

Sí, exacto. Uno bien podría decir ‘mira, estoy lastimada, no bailo’, pero no, lo que uno quiere es aprovechar la oportunidad. Eres capaz de cualquier cosa. En mi caso, mientras bailaba –o ahora que enseño– todo lo demás estaba bien.

 


Del ballet a la bachata

Tiene 73 años y comenzó a bailar ballet a los tres. En una época en que no había salas cuna ni jardines infantiles, los padres de Sara –Isabelino Nieto e Irma Mosto, ambos amantes de las artes– vieron en el ballet una oportunidad para que su tímida hija se desenvolviera. “Era una niña obediente, respetuosa y tesonera. Hacía lo que le dijeran. Me decían que hiciera un cambre –es decir, tirarse hacia atrás– y había niñas que no hacían nada y yo me doblaba como un caracol. Entonces la maestra decía ‘más, más, más’ y mi mamá se ponía nerviosa porque la cabeza casi me llegaba al piso. Cuando llegaba a mi casa me decía ‘la maestra no te está diciendo ti Sarita, por favor, no te dobles más’”.

Sara Nieto a los 5 años

Entró al Ballet Nacional del SODRE a las 15 años y rápidamente comenzó a interpretar roles de solista. En su natal Uruguay desarrolló una exitosa carrera que la llevó a ser primera bailarina. En 1980 se radicó en Chile y durante otros 16 años siguió cultivando el ballet con gran éxito. Tanto así, que Sara Nieto fue la primera bailarina estrella en la historia del Ballet de Santiago. Colgó las zapatillas en 1996, pero la danza ha permanecido en su vida hasta la actualidad.

Sara Nieto en Ana Karenina (Andre Prokovsky), junto a Edgardo Hartley.

Ese año asumió como directora de la Escuela Nacional de Danza de Uruguay –cargo que ostentó por seis años– y en 1997 formó una Academia de Ballet en Santiago y abrió una tienda especializada en ballet. Su trabajo de formación y difusión del ballet en Chile dio otro paso decisivo en 2012, con la fundación del Ballet del Teatro Nescafé de las Artes, que año a año estrena nuevas producciones. Desde su retiro como bailarina, también ha seguido bailando, pero ya no en los escenarios sino en las pistas de baile de cruceros y hoteles.

¿Cómo definirías la danza?

La danza es una manera de expresar, a través del movimiento y no la palabra, todo lo que uno tiene adentro: los sentimientos, estados de ánimo, necesidades. Toda la vida nos hemos expresado a través de la danza. Nadie se mueve igual al otra personas y todos podemos bailar.

Naciste en un siglo en que la danza académica expandió sus horizontes y nacieron estilos muy diferentes al ballet. Tenías mucho donde elegir, ¿por qué te inclinaste por la danza clásica?

Tú eliges la expresión que más te gusta, porque en el fondo todo es lo mismo. Hay gente que siente más un tipo de estilo que otro. Martha Graham, José Limón, por ejemplo, eran maravillosos y crearon técnicas y estilos que han perdurado en el tiempo. Yo los admiro y es muy bueno que un bailarín clásico pueda experimentarlos porque sirve muchísimo para sacar esa dureza que, de pronto, tiene el ballet. Yo tuve la oportunidad de trabajar con maestros contemporáneos en Uruguay, sobre todo durante los años en que el teatro estaba quemado, y fueron experiencias fantásticas.

En mi caso, yo siempre supe que el ballet era lo mío porque era mi forma de expresión, me atraía y me parecía la disciplina más perfecta. A medida que lo aprendes, te das cuenta de que es completo y te da una sensación de poder contigo misma. Teniendo la técnica clásica puedes bailar cualquier cosa. Por ejemplo, ahora el Ballet de Santiago está haciendo Réquiem para una rosa, de Anabelle López-Ochoa, una obra maravillosa, que no es ballet puro, pero si tienes la técnica clásica, puedes hacerlo.

El ballet te da es un abanico de posibilidades. En la escuela de Martha Graham, por ejemplo, comienzan con su estilo desde chicos, pero tienen base de ballet clásico. Me imagino que muchos que empezaron con el contacto contemporáneo se pasaron al clásico.

¿Cuándo te diste cuenta de que querías seguir una carrera como bailarina de ballet?

Eso fue a los ocho años, cuando di la prueba para entrar en la Escuela del SODRE. Era muy emocionante porque te hacían el examen con mucha seriedad. Se presentaban alrededor de 500 niñas, lo que es muchísimo para una población tan pequeña como la de Uruguay, y publicaban en el diario los nombres de las que estaban aceptadas. ¡Ver tu nombre en el diario era muy emocionante! Ya al entrar al teatro dije ‘esta es la mía’, no sólo por poder bailar sino por el teatro mismo. El ambiente, escuchar a los músicos afinando, al coro que cantaba y, por supuesto, ver a los bailarines. Yo me hubiera ido a vivir el teatro. Me hubiera llevado el colchón y la almohada porque de rata de teatro. Me gustaba llegar temprano y me iba la última. Además, como yo era aplicada, era la regalona de los maestros y ese apoyo también te alienta para seguir en lo que estás haciendo.

¿Y para ti, Sara Nieto, qué significa el ballet?

Es mi vida. Toda mi vida giró alrededor del ballet, desde chiquitita. Yo tenía un hermano y diez primos varones, entonces yo era el conchito y la única mujer, era la regalona y a todos les hacía gracia que yo bailara. Entonces, desde los tres años yo era “Sarita, la bailarina” y eso me marcó mucho porque me dio identidad; me encantaba.

Mi familia me iba a ver cada vez que bailaba en el teatro y la primera vez fue a los cuatro años. Iba al colegio, pero esperaba con ansias la hora de salir para ir el ballet y cuando teníamos funciones de noche, al otro día iba a clases con los ojos medio mal desmaquillados [ríe]. Cuando me casé, mi marido tuvo que cambiar su manera de ser, de manera de pensar y se dedicó a lo mío.

Desde que dejaste de bailar, ¿cómo has vivido la danza?

Después de los 40, un bailarín se pone a pensar qué hará después. Yo tuve ocho años para pensar y la verdad es que lo único que me ha gustado siempre es el ballet. Yo sirvo para eso y nada más, ¿para qué me iba a dedicar a otra cosa? Y siempre tuve ganas de transmitir a la juventud y a los niños todo lo que sabía, trabajé y sentí. En 1997 creé la Academia; tenía muchos alumnos y trabajaba con gente maravillosa. Luego, por tres años, fui codirectora del Ballet Argentino de Julio Bocca y en 2012 fundé el Ballet del Teatro Nescafé de las Arte.

Han pasado 20 años. ¿Cómo has visto los cambios generacionales desde las salas de ballet?

La generación de los 1990 era increíble, respetuosa y dedicada. Las que empezaron el año 97 con 5 o 6 años estuvieron en la Academia hasta los 18 o 19 y varias de ellas han vuelto a hacer ballet ahora de grandes o me van a visitar. Después empezó a cambiar: a los niños les cuesta mucho concentrarse y están muy volátiles, algunos no son tan respetuosos y hay menos compromiso. Antes, si faltaba uno, yo llamaba por teléfono; ahora ni siquiera avisan. Obviamente no son todos así, son los menos, pero son situaciones que antes no existían.

Por otro lado, te toca trabajar con niños y niñas con otros referentes musicales, a los que pueden acceder mucho más fácil que antes gracias a las plataformas digitales, con ritmos rápidos y efectistas…

De diez niños, debe haber tres que los papás los hacen estudiar música. En general, ellos se inclinan por lo que esté de moda en las redes sociales. Por otro lado, pasa que los niños no se mueven ahora. Ojalá se movieran con cualquier ritmo, pero tú ves que no tienen soltura, no tienen dominio del cuerpo, no bailan porque están sentados al frente de una pantalla. Les cuesta muchísimo, pero les gusta.

Hay muchos niños con problemas de atención y muchos que son hiperactivos y que los llevan al ballet justamente para disciplinarnos. Con la mayoría lo vamos logrando porque se van dando cuenta de qué se trata, a ser ordenados y a hacer caso. La clase parte y todos los niños tienen que estar en el piso sin moverse y luego hacer los ejercicios que les muestra la maestra y cuesta que se acostumbren, pero se puede.

Eso tiene que ver también con el hecho de que las disciplinas artísticas pueden ayudar a formar seres humanos más íntegros, con otras herramientas aparte de las académicas.

Exacto. Muchas mamás han venido a agradecerme el cambio que han tenido sus hijos, en responsabilidad y disciplina, sobre todo. Sin darte cuenta, practicar ballet te da todo eso. Tienen que llegar todos los días a tal hora, uniformados, y a la larga, luego de uno o dos años, se nota muchísimo.

Finalmente, el ballet te da un modo de ser y estar en el mundo.

Es una forma de vida y pura disciplina.

Te has relacionado con otros ámbitos de la danza, como el folclor o lo más popular.

En las escuelas de ballet oficiales te enseñaban folclor, por lo menos en Uruguay, y en los colegios te enseñaban varios bailes folclóricos, pero eso se ha dejado por completo ya. En Chile se mantiene más la cultura del folclor y hay grupos muy buenos, dos compañías excelentes, que los desarrollan a un nivel superior.

¿Y salías a bailar a fiestas o discotecas?

En mi juventud, a los 14 o 15 años, iba a un club que era para adolescentes. Todos los sábados había un baile con orquesta, de siete a diez de la noche, y mi papá me llevaba. Era la época de Palito Ortega y de repente invitaban a los cantantes conocidos. Era todo tan inocente; se fumaba, pero nadie tomaba. Más adelante, cuando me enamoré del teatro, ya no me quedaba tiempo. Nunca me atrajo mucho tampoco.

Una vez, antes de casarnos [con su marido hasta la actualidad, Luciano Lago], dijimos ‘vamos a bailar’. Yo tenía 21 o 22 años y había bailado La Fille Mal Gardée completo. Eso significaba que, además de las dos o tres horas de la función, había tenido clases y ensayos, más el tiempo que demoraba en arreglarme. Después de la función fui a mi casa a arreglarme y partimos a bailar. ¡Tenía un sueño impresionante! Creo que bailé una pieza y nos sentamos en una sillón y ahí quedé. Esa fue mi única experiencia de salir a un lugar a bailar.

¿Nunca más bailaste otra cosa que no fuera ballet?

¡Me encanta bailar! Lo que pasa es que mientras trabajaba y tenía mucho trabajo, no salía; yo no era de salir. Después de que dejé de bailar, empezamos a viajar y en todos los barcos y resorts a los que vamos nos largamos como locos a bailar. Me gustan los tropicales: la salsa y el chachachá, que bien bailado es precioso. La bachata me enloquece, me encanta, tiene un ritmo maravilloso. ¡Lo pasamos bárbaro!


Cuestionario Desde la galería

Un recuerdo de infancia: Yo pasé una infancia súper feliz, en mi casa, con mi familia. Éramos seis: mi abuelita, una tía soltera, mi mamá, mi papá, mi hermano mayor –Fernando– y yo. Mi papá era arquitecto y empezó a construir la casa cuando yo nací y ahí viví hasta que me casé. Era como un chalet de los años 1950. Mi papá era una persona muy amable e inteligente, muy cariñoso. Él me enseñó a andar en bicicleta, a patinar. Mi mamá también era muy cariñosa; ella me llevaba al ballet desde los 3 años y hacía un sacrificio enorme porque vivíamos lejos. Esas cosas no se olvidan más. También me acuerdo que cuando salíamos a pasear, me decían ‘vamos para casita’ y yo pensé –hasta grande– que la sala de estar se llamaba casita. Bien pava yo [ríe].

Mi primer amor artístico: Nunca me rallé con nada, pero mi primera Giselle fue muy significativa porque fue mi primer gran logro en Uruguay, porque es una prueba de fuego para cualquier bailarina. Después vinieron tantos ballet, que no podría elegir uno.

Sara Nieto en Giselle

Una persona que admiro:  Mi hermano, Fernando. No sé si es porque era mi hermano mayor, pero siempre admiré su inteligencia, era sabelotodo, tocaba el piano de oído, era un médico excelente. Era cardiólogo y murió súper joven, hace 20 años, de un ataque al corazón.

También mi marido, Luciano. Fue mi primer pololo, a los 13 años. Vivíamos cerca y él pasaba por mi casa siempre y un día me dijo: ‘¿quieres arreglar conmigo?’ Arreglar es pololear en Uruguay. Nos duró dos o tres meses y más grandes nos volvimos a encontrar en una playa, empezamos a salir y al año nos casamos. El año que viene cumplimos 50 años de casados. Al principio no le gustaba mucho el ambiente del ballet, pero rápidamente se dio cuenta de que si quería estar conmigo, tenía que aprender a vivir con eso. Después cambió 180º, estudió y sabe mucho más de arte y de ballet que yo. Él finalmente se dedicó a mí: yo soy súper tranquila y él me empujaba, me apoyó muchísimo en lo artístico y familiar. De hecho, gracias a él vine acá. Es súper inteligente; me deslumbra la inteligencia.

Sara Nieto, junto a su marido, Luciano Lago.

Mi leitmotiv:  Nada. Vivo el día a día. Trato de acordarme de darle gracias a la vida y de disfrutar cada día.

Mi escenario ideal: Para mí el ideal es trabajar porque es lo que me gusta, actualmente, dedicarme a la juventud, a la Academia, a la compañía. De hecho, todo este tiempo de pandemia fue terrible.

Un secreto de tu ciudad: Cuando nos vinimos a Chile, vivimos frente al Parque Forestal por 25 años y ahora estamos en el Parque Juan Pablo II. Creo que me incliné mucho por los parques por la falta de naturaleza. En Uruguay siempre vivimos a una o dos cuadras de la playa y eso se extraña muchísimo. Me gustan los lugares abiertos.

En mi pantalla: En las mañanas me levanto tempranísimo –tipo 4 de la mañana– para hacer todo lo necesario antes de salir a trabajar a las 8. Y ahí siempre prendo el noticiero para escuchar mientras hago cosas. En la noche veo series y películas inglesas; me encantan las películas de suspenso e intriga y si me engancho con una serie puedo estar hasta las 2 de la mañana. También me encanta El Rosco [el equivalente a Pasapalabra], en Televisión Española. Admiro la inteligencia y rapidez mental de la gente; yo trato de contestar las preguntas, pero nunca lo logro antes que ellos.

En papel: En época de trabajo no leo, pero en vacaciones me como los libros. Me encantan las novelas de suspenso e intriga. Me he leído las ciento y tantas novelas de Agatha Christie. También leo bestsellers o los libros que me recomiendan.

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