Música

Roberto Rizzi Brignoli: Fútbol, biología y música | Desde la galería

La música llegó a la vida de Roberto Rizzi Brignoli, director titular de la Orquesta Filarmónica de Santiago, más por azar que por planificación. Cada etapa ha tenido sus sorpresas; como cuando tocó ópera por primera vez. “Fue un descubrimiento fantástico”, afirma. En el camino quedaron una oportunidad de jugar por el Atalanta, el equipo de fútbol de su natal Bérgamo, y la biología. En esta entrevista, el músico italiano revive algunos momentos memorables de su trayectoria, además de contarnos cuáles son sus obras de cabecera, los secretos de su ciudad y el libro que está leyendo.

Para Roberto Rizzi Brignoli todo comenzó gracias a un regalo. El jefe de su padre llegó a su casa con un piano cuando él aún era un niño. Hasta entonces, su gran pasión era el fútbol, pero ese regalo cambió su vida. Al inicio lo tomó como un juego, pero con el paso del tiempo su relación con la música se volvió trascendente, primero como pianista y luego como director de orquesta.

El Teatro de La Scala de Milán marcó un importante hito en su carrera, pues fue allí donde dio sus pasos decisivos en la ópera, junto a Riccardo Muti y otros maestros. Debutó con Lucrezia Borgia y alcanzó fama internacional con Adriana Lecouvreur. Desde entonces se ha presentado en las más renombradas casas de ópera, como el Metropolitan de Nueva York, la Ópera de Roma, La Fenice de Venecia, la Ópera de Marsella, La Monnaie de Bruselas, el Bolshoi de Moscú y el Teatro Real de Madrid, además de importantes festivales y orquestas. Posee una estrecha relación con la Deutsche Oper Berlin y en el Municipal de Santiago ha dirigido con gran éxito Lucía de LammermoorOtelloMadama ButterflyLa favorita y El barbero de Sevilla.

Desde su ciudad natal, Bérgamo, el actual director titular de la Orquesta Filarmónica de Santiago comparte algunos recuerdos, impresiones e intereses.

¿En qué momento de tu vida descubriste que querías dedicarte a la música?

Cuando tenía 9 ó 10 años, el jefe de mi papá le ofreció regalarle el piano de su hija, porque ella ya no quería seguir tocándolo. Entonces, mi papá, que tocaba –aún lo hace– el acordeón, y mi mamá, que le encantaba la ópera, me preguntaron si quería hacer música y tener lecciones de piano. Y así empezó todo. Llevaron el piano a mi casa y comencé a hacer música, al principio, como un juego. Es una experiencia que, siempre digo, todo niño debería tener: jugar con instrumentos, escuchar sonidos y enamorarse de uno así, jugando. Después de dos o tres años, empecé a estudiar en una escuela de piano un poco más profesional, más intenso, y luego entré al Conservatorio de Milán.

Junto a los estudios de piano, entré a la universidad a estudiar biología, una materia que me encantaba desde la Escuela Superior. Durante casi cuatro años, estudié ambas cosas, pero llegó un momento en que fue muy duro hacer las dos. En biología, aumentaron los encuentros obligatorios y los horarios eran imposibles. Tuve que elegir y ya tenía claro que quería hacer música.

No fue fácil, pero al mismo tiempo fue muy simple porque, tal como en otros momentos, la vida me llevó a seguir ese camino.

Roberto y el piano

¿Qué experiencia ha significado un aprendizaje profundo en tu vida?

Cuando terminé el Conservatorio, tuve una clase magistral por tres años con Aldo Ciccolini (1925 – 2015), un pianista francés de origen italiano muy conocido, que preparaba a pianistas para la actividad solística, es decir, preparábamos concursos y conciertos. La cantidad de trabajo era enorme: teníamos encuentros cada dos semanas, por dos días, y estudiaba como loco. Pero en un momento, sentí que no quería tocar el piano como solista. Fue una crisis muy profunda. Tenía una técnica bastante buena, participé en algunos concursos que estuvieron bastante bien, pero no lo suficiente. No tenía todos los componentes para ser pianista solista. Fue un momento en que sentí que tenía que hacer otra cosa.

Y el maestro Ciccolini, en lugar de tratar de convencerme de continuar, me sugirió ser pianista de ópera, como Jorge Hevia [pianista residente del Municipal de Santiago]. Fue un milagro; él fue capaz de leer en mí un talento o capacidad. Pudo ser por mi manera de tocar el piano, porque quizás cantaba mucho con los dedos… No lo sé, nunca pregunte por qué. Pero cuando empecé a tocar para la ópera fue un descubrimiento fantástico. En ese momento, mi vida cambió para siempre, porque antes hacía música solo y después lo hacía con otros. La primera ópera que hice fue seguramente una de Donizetti, porque en Bérgamo se hace un festival en su honor cada año. Fue un trabajo muy simple, dando la entrada a los cantantes según la música. Y así comencé, primero en teatros pequeños y después en La Scala de Milán. Y, un poco más tarde, llegó la dirección de orquesta.

Luego vino el encuentro con dos directores de orquesta que también cambiaron mi vida. Gianandrea Gavazzeni (1909 – 1996) fue quien me llevó a trabajar a La Scala de Milán. Él vivía en Bérgamo y necesitaba a un pianista para trabajar en una ópera. Trabajé con él alrededor de 3 años y, en una ocasión, en que él estaba trabajando en La Scala –donde dirigía habitualmente–, su asistente se enfermó y me llamó a mí. Esa fue la primera vez en mi vida que trabajé en La Scala, para Fedora de Giordano, con Plácido Domingo, Mirella Freni y José Carreras. Eso fue otro momento que cambio completamente mi vida. Estaría por un mes y después me fueron llamando para otras óperas y finalmente, fue asistente en La Scala por varios años. Y ahí conocí al maestro Riccardo Muti, otro momento particular de mi vida.

Riccardo Muti (izquierda) junto a directivos de la Scala de Milán y Roberto Rizzi Brignoli

Has desarrollado una reconocida trayectoria. ¿Hacia dónde te gustaría proyectar tu carrera?

Lo de la Orquesta Filarmónica de Santiago es otra experiencia que creo que va a cambiar mi vida, estoy seguro. Es un momento muy importante de mi carrera. En el Teatro Municipal he dirigido muchas óperas y conciertos y la relación siempre fue muy fuerte, de afecto y simpatía. Entonces, cuando me propusieron ser director titular estaba contentísimo. Fue fulmine a ciel sereno, como se dice en italiano, y acepté de inmediato.

Todo llega de forma natural, en el momento justo. ¿Para llegar adónde? No lo sé, pero siempre me ha pasado que el futuro ha tenido cosas más grandes para mi crecimiento, mi carrera, mi conocimiento artístico y para todo. Espero hacer un buen trabajo ahora en Santiago, para ser un gran aporte para el Teatro, la Orquesta y el Coro… Y después, no lo sé.

 


CUESTIONARIO DESDE LA GALERÍA

Un recuerdo de infanciaA mí me gusta muchísimo el fútbol; mi hija y yo somos fans del equipo de mi ciudad, el Atalanta. Y cuando era pequeño, jugaba fútbol. Como músico, no hablo nunca de mí, no soy yo quien tiene que decir si lo hago bien o mal, pero como jugador de fútbol estaba muy bien (ríe). Éramos un grupo de niños que jugábamos todos los días en la tarde en una cancha fuera del estadio del equipo. No sé cómo pasó, pero un día llamó a mis padres una persona que me había visto jugar y les dijo que sería fantástico que hiciera una prueba para el equipo de niños del Atalanta. Prácticamente en el mismo periodo, uno o dos meses después, llegó el piano a mi casa y mis padres me hicieron elegir. Recuerdo perfectamente las discusiones en casa, en las que mi mamá decía “juegas fútbol o tocas el piano, porque no podemos mantener ambas cosas”. Mi mamá, naturalmente, prefería que tocara piano, y así fue, pero todavía siento una nostalgia muy grande de ser jugador de fútbol. Ya no juego, pero siempre lo veo en la televisión porque me relaja mucho.

Obra de cabeceraAdriana Lecouvreur, de Francesco Cilea. No es la primera ópera que vi, ni la primera que toqué, pero es la primera producción que dirigí entera en La Scala de Milán, con la soprano Daniela Dessi, el tenor Sergej Larin y con una orquesta y cantantes magníficos. Fue una experiencia inolvidable, que tengo en el corazón. Cada vez que la toco o tengo la posibilidad de dirigirla, el cerebro se va a esos recuerdos del año 2000. Para la primera función, cuando mi familia llegó al teatro, yo no hablaba. Estaba sin palabras, totalmente loco. Había repasado todo y estaba tranquilo, pero hacer una primera función en La Scala, con el público difícil de La Scala, es una cosa muy fuerte, muy dura. Me acuerdo de que la noche anterior había dormido muy poco y que la noche después dormí muchísimo.

Una persona admiradaMi papá. Tiene 91 años y tiene una energía y un amor por la vida increíble. Para él los 91 son un número. Nosotros tenemos mucho miedo, de la vida y de la muerte, del covid-19, pero mi papá siempre es muy positivo. Además, gracias a él –y a mi mamá– tuve la posibilidad de hacer lo que hago.

LeitmotivEl deporte; la bicicleta, habitualmente, o la piscina. Para nuestro trabajo, el deporte es fundamental, no solamente porque es un placer hacerlo sino porque es importante para la salud. Amo la bicicleta desde pequeño y en Bérgamo tenemos muchísimos lugares para salir, cerros, un lago. Cuando vaya a Chile, Pedro-Pablo Prudencio [director residente de la Orquesta Filarmónica de Santiago] está a cargo de planificar adónde iremos; ya estoy entrenando. Me han dicho que en la orquesta hay un grupo de bikers, que está preparando algo.

Escenario idealMi sueño es dirigir la Orquesta Filarmónica de Berlín. Creo que es el sueño de cualquier director de orquesta. Puede que no pase nunca, pero siempre ha sido un sueño, desde que empecé a estudiar dirección de orquesta, y todavía lo es.

Un secreto de tu ciudadBérgamo es la ciudad donde nació Donizetti. Es una ciudad pequeña, de 120 mil habitantes, pero a la vez es grande en el mundo porque las obras de Donizetti se presentan en Japón, en Santiago, en Nueva York, en Italia, en todas partes. En la parte antigua y amurallada de la ciudad –Bérgamo alto– está la casa natal del compositor, que actualmente es un museo. Siempre paso por ahí en bicicleta, cuando voy al cerro, y es un lugar con una energía particular, muy simbólico para mi vida y mi carrera.

Bérgamo. Foto Wikipedia

Casa de Gaetano Donizetti en Bérgamo. Foto: https://casanatale.donizetti.org/en/

En la pantallaVeo series de moda como La casa de papel, pero no estoy loco por las series. Pero sí me gustan mucho los documentales de historia. El último que vi fue un documental muy interesante sobre los ochos días después de la muerte de Hitler. También me gusta ver documentales ligados a las óperas que hago. Por ejemplo, en noviembre tengo que hacer Juana de Arco (Verdi) en Francia, una historia terrible y magnífica de la Edad Media, entonces voy a buscar documentales sobre ella.

En papelEstoy leyendo un libro magnífico sobre Carlos Kleiber, una biografía llamada Ángel o demonio. Kleiber es un director de orquesta que es un poco un ídolo de todos los directores de orquesta. Decir que fue talentoso es decir muy poco; fue verdaderamente talentoso, con mayúsculas. Él era un ángel de persona, pero cuando dirigía era un demonio: de sus brazos salía una cantidad de belleza y energía enorme; su pensamiento y su interpretación eran magníficas. Nunca lo vi dirigir en vivo, lamentablemente, pero en video he visto prácticamente todo. Puedo recomendar sus versiones de la Séptima Sinfonía de Beethoven y también hay una Traviata que hizo en Florencia que es muy interesante. También hay documentales de su vida en YouTube.

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