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Maximiano Valdés: “La orquesta se convierte en un solo cuerpo” | Desde la galería

A sus 19 años partió al extranjero, pero hoy se encuentra de visita en Chile para dirigir por partida doble en el Teatro Municipal de Santiago: El Concierto 9: “Érase una vez…”, con la actuación de la soprano Paulina González; y la ópera escenificada Manon, que tendrá dirección escénica de Emilio Sagi. En un principio no era su sueño ser director de orquesta, sin embargo, en el Conservatorio de Roma asumió por casualidad la dirección de un ¿concierto?, experiencia que marcaría el devenir de su carrera musical. ¿Quiénes han sido sus principales influencias musicales y artísticas? ¿Cuáles son sus proyectos futuros? Son algunas de las temáticas que Maximiano Valdés aborda en esta entrevista.


Por Constanza Romero y Jacinta Díaz.

“Nací en una familia musical. Mi madre era soprano, tocaba el piano y estudió composición. Mi padre también era músico a su manera. En mi casa siempre se hacía música. Por el lado de mi padre soy sobrino de Alfonso Letelier, compositor chileno, que es primo hermano de Carmen Luisa Letelier y su hermano Miguel Letelier”, recuerda Maximiano Valdés sobre sus orígenes. Creció escuchando música docta. En su familia había un grupo vocal que estaba integrado por sus padres y sus tíos Alfonso y Margarita. Empezó a tocar piano desde los cinco años. Por un cambio de colegio egresó un año antes y compatibilizó sus estudios de música con la carrera de derecho. “Hasta que me fui al extranjero a dedicarme a la música por completo”, cuenta el director musical del Concierto 9: “Érase una vez…”, instancia en la que tendrá su gran retorno frente a la Orquesta Filarmónica de Santiago.

Comenzó sus estudios en la Escuela Moderna de Música de Santiago, donde posteriormente realizó algunos cursos teóricos. Luego, en Roma, entró al conservatorio que lo formaría por completo. “Era extremadamente riguroso y difícil. Fue la única vez que tuve una experiencia enteramente musical. En ese sentido, le debo todo a mis dos profesores en Chile, Carlos Botto y Elena Waiss, así como al ambiente que viví en Italia durante los seis años que estuve en el conservatorio, donde terminé mis estudios de piano, violín y composición”, señala.

A lo largo de su experimentada carrera musical, Maximiano Valdés ha dirigido producciones en orquestas y teatros en Europa y en Chile. Su exitoso debut lo hizo dirigiendo la ópera La traviata en la Ópera de Niza. En el año 2008 fue nombrado Director Musical y Director Principal de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico en San Juan. Actualmente es Director Honorífico de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias en España, siendo además Director Musical de dicha orquesta por 16 años. En el Teatro Municipal de Santiago fue Director Principal de la Orquesta y de la Ópera. En marzo de 2010, aceptó el cargo de Director Artístico del famoso Festival Casals en San Juan, en Puerto Rico. Asimismo, fue Director Musical de la Filarmónica de Búfalo. Por eso, hoy es conocido como un gran maestro.

Luego de casi tres años, el director volvió a Chile, para conducir a la Orquesta Filarmónica de Santiago en el Concierto 9: “Érase una vez…” y en la ópera Manon, primer espectáculo escenificado tras la pandemia, con un elenco que él conoce desde hace años y en un espacio que siente como su propia casa.

Maximiano Valdés. Fotografía: Patricio Melo.

En la obertura del concierto se agregó la pieza Danza fantástica de Enrique Soro. ¿Por qué usted decidió incluirla dentro del repertorio proyectado para este concierto?

Decidí incluirla porque como director de orquesta, tengo una tradición. En general, en casi todos mis programas hay una obra chilena. Es una pieza perfecta para abrir un concierto, muy bien orquestada, bonita y brillante. Además, hacía muy buen contraste con la pieza de Ravel, que es una obra delicada y que no se puede interrumpir. Entonces yo dije: “hago una obra antes y hay una pausa, para darle tiempo a los que lleguen después”. La pieza Danza fantástica de Enrique Soro se integra perfectamente con el lenguaje de Ravel y con el período en que fueron escritas.

Originalmente pensada para ser el tercer movimiento de la Suite per orchestra d’archi, Danza fantástica de Enrique Soro fue estrenada en 1905 en el Teatro Municipal de Santiago. La pieza destaca por una gran inventiva melódica, una armonía clara y efectiva y por el uso de un lenguaje instrumental que, aunque decididamente enraizado en el Romanticismo, parece fresco y original. Su compositor la adaptó a diversos formatos que incluyen cuarteto de cuerdas con piano; para dos violines, cello y piano; para piano a cuatro manos y, finalmente, para orquesta sinfónica.

El programa del Concierto 9: “Érase una vez…” también cuenta en su repertorio con la Sinfonía n°4 en sol mayor de Gustav Mahler, obra que se inserta en el posromanticismo (interpretada por primera vez en 1901 en la Kaim-Saal); y Ma mère, l’oye –o en español Mi madre, la oca– de Maurice Ravel, estrenada en 1910 en el marco de los conciertos de la Société Musicale Indépendante. Ambas piezas componen este espectáculo por su historia. “La Sinfonía n°4 de Mahler usa la música con canto, que nace de lo que se llama los lied, que son canciones populares alemanas que entraron al mundo de la música culta y que fueron utilizadas por compositores anteriores a Mahler. Esta pieza nació de uno de esos cantos que forman parte de la colección El círculo del corno mágico”, cuenta.

Su retorno frente a la Orquesta Filarmónica de Santiago. Fotografía: Patricio Melo.

¿Qué aspectos destacaría de la Sinfonía n.º 4 de Gustav Mahler y de la pieza Ma mère, l’oye de Maurice Ravel?

La Sinfonía n.º 4 de Mahler se vincula a un niño que comenta cómo él se imagina el cielo y quién habita ese espacio, diciendo cosas que ningún adulto diría. Se refiere a santos, se imagina a San Pedro, a Santa Úrsula y a San Lucas. Esta mirada infantil, inocente y muy tierna inspira el resto de la sinfonía, donde hay momentos de tragedia, otros heroicos y de alegría. Mahler pone el ejemplo del cielo azul, dice que puede ser motivo de goce y para un niño puede provocarle miedo. La música es transparente. Está escrita con una simplicidad de lenguaje y con complicaciones también, armónicas, sobre todo. Es la más íntima de las sinfonías, la más pequeña y la más corta.

Lo mismo sucede en Ravel, quien escribió esta pieza para piano a cuatro manos para dos hermanos. Está basada en cinco fábulas que forman parte de la literatura francesa del siglo XIX. Estas obras infantiles fueron escritas por el compositor, pero a partir de la mirada de un hombre mayor que mira para atrás y se recuerda como era él en su infancia. Las fábulas son Pavana de la infanta difunta, también conocida como La bella durmiente, Pulgarcito, La bella y la bestia, Laideronnette, La emperatriz de las pagodas y termina con El jardín mágico, que es de sus piezas más hermosas. Ahora, en el ballet agregó una que se llama La rueca, con la cual empieza.

Todas ellas tienen mucho que ver con la imaginación de un niño, por lo que las piezas Ma mère, l’oye y la Sinfonía n.º 4 no son tan disímiles. Es decir, como la música suena y con las ideas que trae, me pareció que podían unirse.

La interpretación de este concierto significa para Maximiano Valdés poder acercarse a la versión más fehaciente de las partituras y transmitir al público algo convincente y verdadero. “En la interpretación, el vínculo con los músicos se genera a partir de una guía clara que ellos esperan, que es de carácter musical, rítmico, melódico y de fraseo. Después de eso viene este flujo emocional que ellos perciben, aunque no estén mirando todo el tiempo. Se convierte en un solo cuerpo, toda la orquesta actúa de manera uniforme y unida como una sola persona”, señala el director, destacando que de esta manera logran cohesionarse con su público, en la medida en que exista esa unidad perfecta.

El director volvió a Chile a dirigir el Concierto 9: “Érase una vez…” y en la ópera Manon. Fotografía: Patricio Melo.

Manon, el espectáculo con el que vuelve la ópera escenificada al Teatro Municipal de Santiago

Manon de Jules Massenet (1842-1912) es la nueva producción del Teatro Municipal de Santiago con el que la ópera escenificada volverá a este escenario tras la pandemia, en una co-producción con la Ópera de Oviedo y la Ópera de Tenerife. Estrenada en París 1884, es considerada una de las obras más famosas del autor. Ese mismo año se presentaron alrededor de 80 funciones. Inspirada en la novela del abate Antoine François Prévost d’Exiles titulada Historia del caballero Des Grieux y de Manon Lescaut, la ópera formó parte de las Memorias y aventuras de un hombre de calidad que se ha retirado del mundo.

La historia de Manon trata de una muchacha que se dirige al convento y se encuentra por casualidad en una posada con Des Grieux, un joven estudiante. Con una sola mirada quedan flechados. Enamorados, deciden escapar a París, frustrando los planes del hermano de ella para venderla al mejor postor. El idilio dura poco. Manon no puede vivir solo de amor y es incapaz de resistirse, cuando el señor Guillot-Morfontaine le ofrece una vida de lujos y riquezas a cambio de ser su amante. Pero Des Grieux no está dispuesto a dejarla: se convertirá en un jugador y un criminal.  Seguirá a Manon a la prisión en el exilio e incluso hasta la misma muerte.

Frivolidad, corrupción e inocencia son algunos de los tópicos que conforman este drama en la versión de Massenet que se presentará bajo la batuta del director musical Maximiano Valdés y Pedro-Pablo Prudencio. El espectáculo contará con la presentación de la Orquesta Filarmónica de Santiago, cuyo director titular es Roberto Rizzi Brignoli, y el Coro del Municipal de Santiago, dirigido por Jorge Klastornick.

¿Qué le significa dirigir la ópera Manon, que se presentará entre el 10 y 19 de noviembre en el Teatro Municipal de Santiago?

Para mí el repertorio francés, como lo es la ópera Manon, es muy familiar. Es un goce dirigirla, puesto que es música basada en melodías muy bonitas. Uno está rodeado de belleza. No presenta grandes dificultades desde un punto de vista de la ejecución orquestal, sí vocalmente porque el protagonista está presente en la ópera entera y su papel es de gran esfuerzo, como el del tenor. Son dos papeles estelares, se requiere gente de muchísima calidad.

En el plano musical, ¿cuáles son sus proyectos futuros?

Actualmente soy director titular de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico, con la que paso muchos meses. Además dirijo el Festival Casals, que es el más importante de música clásica de América Latina. Tengo muchas actividades personales afuera, conciertos que hago en España y en Estados Unidos, así que sigo adelante con mis actividades y una vez al año vengo a Chile.

“La orquesta actúa de manera uniforme y unida”, señala el director musical. Fotografía: Patricio Melo.


Cuestionario Desde la galería:

Un recuerdo de infancia: Había una casa que era propiedad de mis tíos que estaba cerca de Puente Alto. Cuando llegaba el verano mis amigos se iban de vacaciones y yo me quedaba en esa casa con mi madre sentada atrás y yo tocando piano horas al día. Mi madre era una gran mujer, la echo tremendamente de menos y a ella le debo mi carrera.

Mi primer amor artístico: La música de Bach. Fue la primera música que realmente me emocionó, con la cual tuve una relación muy total, de comprender su estética, la forma en la que estaba construida y su rigor lógico, y me emocionó.

Una persona que admiro: En el mundo artístico, Claudio Abaddo, director de orquesta.

Mi obra de cabecera: No hay una obra de cabecera, hay muchas obras por las cuales uno tiene un amor especial: El Réquiem de Brahms, La pasión de San Mateo, El Tristán e Isolda de Wagner… Es muy difícil contestar eso.

Mi leitmotiv: Ser constante.

Un escenario ideal: El Concertgebouw de Ámsterdam es un escenario muy especial, tiene algo muy único. También el escenario del Conservatorio de Moscú. Hay tanta historia detrás de eso, tanto compositor que estuvo ahí. Se produce una sensación apabullante cuando uno tiene que dirigir en esos lugares. Y en Chile nuestro Teatro Municipal de Santiago, muy querido.

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