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Luis Ortigoza: Volver a respirar | Desde la galería

La tradición, nuevo repertorio internacional y creaciones de artistas de la compañía serán parte del sello que Luis Ortigoza quiere imprimir en su trabajo como director artístico del Ballet de Santiago. En esta entrevista el artista se refiere a los nuevos desafíos que asume en plena pandemia, tarea que enfrenta con renovada energía e ilusión.


Por M. Angélica Navarro O.

“Año nuevo, vida nueva”. Así lo anuncia el dicho popular y así lo vivió Luis Ortigoza hace algunos días. El 1 de enero de 2021, el ex primer bailarín estrella y asistente de dirección del Ballet de Santiago se convirtió en el nuevo director artístico de la compañía residente del Teatro Municipal de Santiago.

Luis Ortigoza, nuevo director del Ballet de Santiago

Luis Ortigoza, nuevo director del Ballet de Santiago

Poco antes y junto a Marcia Haydée, quien lideró al Ballet de Santiago por 20 años, había vuelto –por pocos días– a las salas de ensayo junto a los bailarines, bailarinas, maestros y pianistas que conforman la agrupación. “Fue como volver a respirar”, dice Ortigoza. Con esa energía acumulada eso días, lleno de ilusión y proyectos, en esta entrevista el artista se refiere a los nuevos desafíos que asume en plena pandemia. “A veces pensaba que las cosas se podrían dar de otra forma, pero si esperaba las circunstancias ideales tampoco iban a suceder porque nunca hay una circunstancia ideal para decir ‘ahora sí’”, confiesa.

Luis Ortigoza en la sala de ensayo del Ballet de Santiago, en diciembre de 2020

¿Qué es lo primero que harás cuando ya puedas instalarte en tu nueva oficina?

Quiero tener bien cerca una foto de Octavio Cintolesi, el fundador de la compañía. No lo conocí, pero lo respeto muchísimo y admiro la visión que tuvo, hace 60 años, de crear una compañía de ballet en un país tan lejano a su natal Italia. Me parece importante recordarlo y tenerlo presente, para que las nuevas generaciones sepan que, para que estemos hoy nosotros aquí, antes hubo otros que pensaron el Ballet de Santiago como una compañía internacional.

Octavio Cintolesi, fundador del Ballet de Santiago

Octavio Cintolesi, fundador del Ballet de Santiago

Dices que lo de Cintolesi fue visión. ¿Por qué crees que es importante que un país tenga su compañía de ballet?

Primero, con lo que vivimos este año con la pandemia, está más claro nunca que que la cultura tiene un valor incalculable para el ser humano. Es primordial que las personas se rodeen de cultura y respiren arte en cualquiera de sus manifestaciones.

Por otro lado, creo que una compañía de ballet tiene ciertas aristas que a lo mejor otro cuerpo artístico u otra disciplina no lo tienen. Por ejemplo, en plena Guerra Fría, la Unión Soviética quiso entablar relaciones diplomáticas con Inglaterra y fueron con la compañía del Teatro Bolshói a Londres. El ballet tiene la particularidad de que no se necesita saber un idioma o tener conocimientos porque al ser tan visual es muy atractivo y uno puede ver una función sin ser un entendido. Por eso, el Bolshói fue embajador cultural. Entonces, el ballet tiene esas cosas que son fundamentales para un país y nos une porque nos hace sentir orgullo.

¿Incluso si la disciplina no es autóctona de Chile?

Yo creo que el ballet no se puede encasillar en un lugar; no porque nació circunstancialmente en Europa, no se pueda trasladar a todo el mundo. El hombre, desde que es primitivo, tuvo manifestaciones –rituales– danzadas, sin saber que eran artísticas. La danza es algo inherente al ser humano y no tiene que ver con dónde nació. El ballet se ha desarrollado y ha evolucionado de tal forma que tenemos un abanico gigante de posibilidades, desde el ballet clásico más puro hasta lo más moderno, contemporáneo o transgresor que se le pueda a ocurrir a un coreógrafo. Y un bailarín clásico está preparado para abordarlo todo.

¿Cuál es el sello que quieres darle a tu trabajo como director?

Yo soy muy respetuoso de las tradiciones y la historia. Siento que a veces en Chile se hacen cosas porque están de moda y no porque haya una tradición o un bagaje que nos sitúe en algún lugar o que nos permita entender de dónde venimos. Eso es muy importante en una compañía de ballet. En ese sentido, Cintolesi, Iván Nagy y Marcia Haydée son pilares de la compañía cuyo legado hay que mantener. Cintolesi fue el fundador; Ivan me enseñó el respeto por la profesión y la rigurosidad que se necesita para cumplir objetivos y obtener los resultados esperados; Marcia me dio libertad para hacer explotar esa formación y disfrutar la forma de sentir y encarar cada rol.

También creo hay que dar continuidad al repertorio que ellos incorporaron y a eso sumarle los desafíos de traer a Chile a coreógrafos que nunca han venido y que creo que son necesarios para el desarrollo de la compañía. Quisiera, por ejemplo, tener una obra de Jiří Kylián porque es un genio, uno de los poquísimos que inventó un lenguaje coreográfico único y propio. Sería un desafío para los bailarines por las exigencias de su lenguaje y por su sentido estético y artístico. Me siento sumamente identificado con su propuesta coreográfica y con sus puestas en escena. Es una persona que he tenido la oportunidad de conocer personalmente y es de una profundidad de pensamiento impresionante. Entonces va mas allá de traer un título y poner un ballet. Sería un aporte indiscutido para los bailarines y el público chileno merece ver una obra de un coreógrafo como Kylián.

¿Qué oportunidades te gustaría darles a los bailarines de la compañía?

Lo tengo clarísimo: a un bailarín o bailarina joven, con talento, con ganas y con fuerza para trabajar hay que darle la oportunidad, darle roles, prepararlo y darle las herramientas para que evolucione. He escuchado mucha veces la frase “es muy joven, hay que esperar”. No, en esta profesión a mí no me encaja. Si es joven, hay que guiarlo y dale las herramientas. A lo mejor no lo va a hacer como se espera, pero esa primera oportunidad tiene que existir.

Es un trabajo fino –hay que tener un ojo clínico y critico agudo– que se hace desde la sala de ensayo, pero la prueba final es el escenario. Hay bailarines que en la sala son maravillosos y uno dice “este bailarín va a descollar” y después no es tan así, por miles de factores. Otras veces hay bailarines que en la sala no te convencen, pero salen al escenario y te dan vuelta la historia completamente. Para ser un buen bailarín no sólo necesitas un buen físico y técnica sino muchísimas otras cosas que juegan un papel fundamental, por ejemplo, tener empatía con el público y que el público te reciba.

En la compañía también hay artistas que llevan más tiempo, con más trayectoria. ¿Cómo conjugarás el talento joven con la experiencia?

Esta es una compañía que tiene 61 años de historia y hay bailarines, dentro de los ámbitos habituales, de diferentes edades y eso es una ventaja porque hay personas para asumir diferentes roles y responsabilidades.

Ballet de Santiago

Ballet de Santiago

¿Qué lugar tendrá en tu gestión la nueva creación?

Creo que la identidad y sello que se busca en una compañía también tiene que ver con darle la oportunidad a gente que quiera hacer coreografías: proyectarlas, buscar alternativas en la Temporada de Ballet u otros escenarios donde se pueda desarrollar una camada de coreógrafos de la compañía. A ese tipo de cosas tenemos que darle una continuidad, para que sea una tradición y no algo anecdótico. Stuttgart la tiene y de ahí salieron Kylián, Neumeier y Forsythe. Y fue así: hubo un principio, una primera coreografía de cinco minutos y de ahí se empiezan a desarrollar las cosas.

¿Qué esperas de la compañía, de los bailarines, maestros, pianistas?

Yo me considero una persona muy leal y espero lo mismo, no hacia mí sino a la compañía. Tengo muy claro que este cargo no es para tener gustos personales sino un camino para desarrollar en la compañía y espero que queramos caminar para el mismo lado. Eso no significa que todos estemos de acuerdo en absolutamente todo, porque eso además sería muy aburrido, pero en lo macro me refiero a que entendamos hacia donde queremos ir y qué tenemos que hacer para lograrlo. Eso, en lo interno.

Aspiro también a que la compañía sea un orgullo nacional y a que en algún momento pueda ser comparada con un equipo de fútbol, que el ballet sea tan popular y masivo como el futbol.

¿Cuál crees que es la clave para tocar el corazón de más públicos?

Yo creo que son varios factores. Sin duda, quienes tomamos decisiones tenemos la responsabilidad de buscar las herramientas y caminos para llegar al públicos y mostrar lo que somos y sabemos hacer. No creo que necesariamente sea un repertorio específico o el más conocido o popular, por ejemplo, Cascanueces o El lago de los cisnes. Nosotros tenemos la obligación de mostrar diferentes ballet y tendencias para que el ballet guste más por diferentes cosas.

Tenemos que darle la oportunidad a más gente de que nos pueda ver y que pueda elegir. Por ejemplo, gracias a Municipal Delivery muchas personas nos vieron, de Arica a Punta Arenas e incluso de otras partes del mundo. Estoy seguro de que cuando todo esto pase, hay mucha gente que va a querer vernos en vivo, además de seguir viéndonos online. Me gustaría que la compañía saliera de su casa y visitara otros teatro o lugares al aire libre y que todos reconozcan al Ballet de Santiago como la mejor compañía y como una embajadora cultural.

¿Cuáles son las fortalezas del Ballet de Santiago?

Es una compañía que tiene muchas ganas y es positiva, en el sentido de que sabe salir adelante. Todo lo que estamos viviendo sin duda hace un poco de ruido, pero sé que si volvemos hacia lo más sencillo e íntimo, si volvemos a mirar nuestros objetivos y porqué elegimos ser bailarines, vamos a salir adelante como siempre. También es una compañía que es conocida por tener mucha personalidad sobre el escenario, que desarrolla personajes muy potentes. Eso otras compañías no lo tienen.

¿En qué te inspiras estos días, qué te da energía?

En diciembre la compañía pudo volver al teatro unos días, a sus salas de ballet. Me dio mucha alegría y mucha emoción ver a los bailarines reencontrarse con su espacio, con sus compañeros, aunque fuese a dos metros de distancia. Decir “podemos volver en esta forma” me dio mucha motivación. Porque es un paso adelante que tenemos para empezar, para simbólicamente tomarnos de la mano y tirar el carro todos para adelante.

Esa primera clase de diciembre fue como cuando uno entra al teatro para ver una función, escucha a la orquesta afinando y sube la adrenalina, el corazón palpita. Fue como volver a respirar. Fue sentirse como un pez en el agua, en tu ambiente, en tu medio. Hay una frase de de Julio Cortázar que este tiempo la tuve muy presente: “Nada está perdido si tenemos el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”.

Luis Ortigoza en una clase del Ballet de Santiago, en diciembre de 2020.

Luis Ortigoza en una clase del Ballet de Santiago, en diciembre de 2020.

 


CUESTIONARIO DESDE LA GALERÍA

Un recuerdo de infancia: Los domingos, cuando nos juntábamos toda mi familia, con todos mis hermanos, a almorzar. Hubo una época en que mi abuela materna cocinaba muchos tallarines, que los hacía ella, amasaba. También hacíamos el típico asado.

Primer amor artístico: Cuando tenía unos 7 años, mi mamá me llevó por primera vez al Teatro Colón. Estábamos sentados arriba de todo y veía el escenario lejísimo. Y tengo la imagen grabada hasta el día de hoy de cuando se abrió el telón, aparecieron la escenografía y los trajes de colores y salió la bailarina, Cristina Delmagro. Era Giselle y fue el primer ballet que vi en vivo. Esa magia me encegueció y no pestañeé durante toda la función.

Una persona admirada: Qué difícil elegir una. Desde lo emocional, te podría decir que mi mamá porque es una persona que siempre me llevó de la mano, en el sentido de apoyarme. Se sacrificó para que yo pudiera estudiar en el colegio y a la vez estudiar ballet; salía del colegio, nos juntábamos en algún punto, comíamos algo y me subía en un colectivo para el otro lado. Hoy tiene 85 años y que aprendió a usar Zoom antes que yo. Tiene un empuje y un gran amor por la vida que me parece admirable.

Luis Ortigoza y su mamá

Luis Ortigoza y su mamá

Mi obra de cabecera: Podría ser Giselle porque es un ballet muy especial para mí y marcó una etapa muy importante en mi carrera. Y Mayerling, que fue el cierre de ese ciclo: una obra magistral, un ballet que me hizo estudiar y ponerme al servicio de un rol extremadamente complejo y totalmente opuesto a lo que había hecho hasta ese momento.

Luis Ortigoza en Giselle y Mayerling

Mi leitmotiv: No es mío, pero desde que lo escuché encuentro que es súper bueno: “Lo mejor está por venir”.

Mi escenario ideal: Lo más fácil sería decirte sin pandemia, cualquier cosa sin pandemia. En realidad, creo no existe el escenario ideal sino que hay que ayudar a construirlos.

Un secreto de mi ciudad: Los pisos superiores del Teatro Colón porque ahí estaba la Escuela del Colón, las salas donde me formé. Ahí conocí la mística del teatro y con mis compañeros de escuela nos sentíamos parte de eso. Se transformó en un lugar mágico.

En mi pantalla: La serie Borgen [Netflix]. La encontré buenísima, cautivante y desafiante. Te hace usar mucho la cabeza, muy bien hecha.

En papel: Recibo el diario, pero en realidad leo todo digital.

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