Ópera

Jorge Klastornick: La voz es un instrumento conmovedor | Desde la galería

“Vengo porque quiero estudiar piano”. Así, con mucha decisión, comenzó la incursión de Jorge Klastornick –director del Coro del Municipal de Santiago– en la música. Entonces, era un niño de 9 años que vivía cerca de la ciudad de Santa Lucía, al interior de Uruguay. Sus padres le habían dado –a él y sus hermanos– a elegir qué instrumento estudiar. Así comenzaron lo que serían siete años de estudios de piano con la profesora que él mismo –a sus 9 años– contrató y que continuaron en Montevideo con Agar Fálleri y Hugo Balzo.

“Lo del piano era como un elemento para la cultura, no había músicos profesionales en la familia y no era la idea de que yo hiciera una carrera en la música para dedicarme profesionalmente”, recuerda Klastornick de aquellos años en que compartía su tiempo entre el piano y los estudios de bachillerato en ingeniería y arquitectura. Pero la vida tenía otro camino para él, uno que lo trajo a Chile en 1982 a formar y liderar el primer coro profesional de Chile y que hizo del Teatro Municipal de Santiago su segunda casa.

¿En qué momento la música pasó de ser un pasatiempo a una carrera profesional?

Fui al Instituto de Profesores José Artigas, a la cátedra de Música. Dentro de una gran cantidad de asignaturas, de un nivel realmente excelente, elegí piano y dirección de coros. Cuando me titulé, en vista de que yo tenía que ganar dinero, hacía clases particulares de piano y de música, además de clases en liceos, institutos y universidades. También dirigía coros pequeños. Así fue tomando una dirección profesional, pero a pesar de que ya dirigía coros y me gustaba, nunca pensé que me iba a dedicar a eso.

Luego, en Uruguay, en Montevideo, existía –todavía existe– el Instituto SODRE, que es como el Teatro Municipal de Uruguay. Ocurre que en determinado momento hubo un llamado a concurso para el cargo de subdirector del Coro. La obra que exigían era el Stabat Mater de Dvořák, una obra que quiero muchísimo. Yo estaba un poco cansado de hacer clases y dije “me voy a presentar a ver qué pasa”.

Éramos cinco concursantes. Hice mi parte, me dio bien el tiempo, lo gradué bien, hice todo lo que tenía que hacer y cuando terminé, el Coro me aplaudió y yo quedé asombrado. Ocurre que ellos no tenían representante en el jurado que tenía que dirimir por el cargo y ellos, con el aplauso, emitieron su voto. Y ahí dije: “esto va en serio, yo gané ese cargo”. Y así fue, durante dos años fui subdirector del coro. El director era extraordinario, pero hubo un momento en que se enfermó y yo tuve que suplantarlo. Fui director subrogante y ahí nos fue extraordinariamente bien.

¿Por qué te llamó la atención de la dirección coral?

Porque siempre tuve gran placer en escuchar, en disfrutar de la voz en el canto. Yo era realmente un aficionado a la ópera, a toda la música vocal, y eso influyó mucho en mí también.

¿Qué relación tienes con la voz humana? ¿Cómo la definirías?

La voz es un instrumento tan conmovedor, que emociona y transmite tanto, porque el instrumento del cantante es también su cuerpo. Es el único caso así; en los otros instrumentos siempre hay una parte mecánica. En el piano, por ejemplo, hay un mecanismo muy elaborado y también trabaja con el cuerpo –con los dedos–, pero en el caso del cantante todos los elementos del instrumento son de su propio cuerpo. Incluso es más que eso: son también de su alma, sus sentimientos y su psiquis, de toda su personalidad. Todo está ahí en su instrumento, en la voz. Por eso es que esos sonidos pueden emocionar tanto. Allí está presente toda la personalidad del intérprete, del cantante.

El instrumento es humano. Por eso hay que cuidar tanto a los cantantes y los cantantes tienen que cuidarse, tanto físicamente –otro instrumentista puede cambiar una cuerda o comprar otro instrumento, pero el cantante no– como emocionalmente, sobre todo si están ante el público.

La voz es tan frágil como somos los seres humanos.

Claro. De ahí la importancia de que el cantante, como cualquier artista que está en las artes performativas –es decir, que se ocurren en el momento–, desarrolle la técnica. También la sensibilidad, la interpretación, la inteligencia, el conocimiento de lo que está haciendo, pero la técnica es fundamental porque eso le da seguridad. Y ahí me acuerdo de una frase de Martha Graham, bailarina norteamericana y además creadora de una escuela y técnica particulares. Cuando le preguntaron si no resultaba una esclavitud todos esos ejercicios, esa técnica, esa preparación y trabajo, ella dijo: “Por el contrario, la técnica me libera y me permite expresar lo que siento”. Y eso se aplica también a la música, al canto, a cualquier cosa que se quiera conseguir.

El Coro Lírico en Los puritanos de Bellini, 1980

El Coro Lírico en Los puritanos de Bellini, 1980

¿Cómo llegaste al Coro del Municipal de Santiago?

Miguel Patrón Marchand, que tuvo una carrera destacadísima en Uruguay y en Chile [fue director residente de la Orquesta Filarmónica de Santiago], me dijo que necesitaban en Chile un director de coro para la ópera. Don Jaime Valdivieso era el gerente y director del Teatro, y ya había contratado a Ivan Nagy para la compañía de ballet, a Juan Pablo Izquierdo para la orquesta y necesitaban un director de coro. Patrón Marchand le dijo: “Mira, hay un director joven –entonces yo era joven [ríe]– en Montevideo que tocó el coro y tuvo un cambio extraordinario; increíble lo que logró en tan poco tiempo”. Don Jaime fue a Buenos Aires para entrevistarse con cinco directores argentinos y yo también fui. Además, se entrevistó con cinco directores chilenos. Y, por lo que fuere, don Jaime Valdivieso y las autoridades del Teatro me eligieron a mí.

Ivan Nagy, Juan Pablo Izquierdo y Jorge Klastornick, directores del Ballet de Santiago, de la Orquesta Filarmónica de Santiago y del Coro del Municipal de Santiago respectivamente, a principios de la década de 1980.

¿Qué crees que vieron en ti?

Yo creo que tuve en Miguel Patrón Marchand un muy buen abogado defensor porque habíamos trabajado mucho juntos en Uruguay, en el SODRE. Y creo que hubo una afinidad también con don Jaime. De cualquier manera, corrieron un riesgo. En principio, me contrataron por un año, a prueba.

¿Cuáles fueron los desafíos ese año?

Hasta ese entonces, el Coro Lírico –que no era una agrupación profesional– había funcionado irregularmente: le iba muy bien en una ópera y después en otras decaía mucho. Cuando llegué en 1982, el Coro Lírico siguió existiendo por esa temporada. De 90 personas bajó a 60 y, en paralelo, creamos el Coro Profesional –con muchas más exigencias para integrarlo– de 30 personas. Terminado ese año, don Jaime hizo un balance y dijo: “Lo felicito maestro, lo que usted ha logrado es increíble, y me felicito por haberlo contratado”.

Ese fue un momento muy importante porque cambió muchas cosas en mi vida, por una parte, el traslado a Santiago y, por otra parte, el desarraigo con Montevideo. Uruguay tuvo un excelente nivel unos años antes, pero con la dictadura [1973 – 1985] y con los problemas económicos, los talentosísimos músicos de la orquesta se habían ido a otros países, entonces ya no había un muy buen nivel. En ese sentido, venir a Chile trajo un panorama fantástico para mi carrera musical porque el nivel aquí era extraordinario.

El Coro del Municipal de Santiago, el Coro Lírico, junto al Coro Waldo Aranguiz, en el Teatro Municipal de Santiago

¿Cómo era el medio musical chileno en ese entonces?

Era un medio floreciente. La orquesta, con los ajustes que le hizo Juan Pablo Izquierdo, contaba con una gran cantidad de extraordinarios músicos norteamericanos en los vientos-metales. Ellos, junto a músicos chilenos en las cuerdas, las maderas y la percusión dieron a la Orquesta Filarmónica un nivel fantástico. Y Nagy, por su parte, inmediatamente hizo un trabajo admirable con el cuerpo de baile. Se trabajaba con mucho entusiasmo.

¿Cuál fue la primera ópera que te tocó dirigir?

Fue Otello, de Verdi, una ópera difícil para el Coro. Era un momento de mucha exigencia. Era un grupo de 90 personas, los 60 del Coro Lírico y los 30 del Coro Profesional. Todavía no había un dominio del escenario, entonces pedimos ensayos musicales en el escenario, para que se acostumbraran a la resonancia. Y el resultado fue muy bueno. El maestro [Michelangelo] Veltri [director de orquesta] fue muy elogioso y dijo: “Este director de coro no tiene nada que ver con los anteriores y tampoco el coro, se nota un progreso”.

Otello en el Teatro Municipal de Santiago, 1982

¿Qué aporte le hace a un teatro y a un país el tener su propio coro profesional?

Si se va a hacer una temporada de ópera y de conciertos a nivel de un teatro profesional, es imprescindible tener un coro profesional. Y eso aporta al país, no sólo a Santiago, porque nosotros hacemos giras dos veces al año a otras regiones con coros de ópera o versiones reducidas de algún título, donde los cantantes hacen de solistas. Eso da a la gente de regiones la oportunidad de ver más ópera. Ahora en los últimos años se están haciendo algunos espectáculos de ópera en varias ciudades de Chile; antes se hacían algunas cosas, pero no tanto como ahora.

Entonces, es también un espacio de formación de solistas.

Sí, es así. Algunos entran al Coro ya siendo solistas, pero les viene bien ser parte del Coro porque permitimos que puedan hacer sus actividades como solistas. Hay coros donde no es así. El maestro [Salvatore] Caputto me decía que en el Coro del Teatro San Carlo de Nápoles, que él dirigía, los cantantes no cantaban roles de solista ni comprimarios. A mí me parece que eso sería muy frustrante, que si entras al coro, nunca más puedes cantar como solista.

Está el caso célebre de Verónica Villarroel. Ella entró al Coro el año 85, tenía unos 20 años. Su voz ya era un prodigio, yo quedé asombrado cuando la escuché –cantó una romanza de zarzuela– y yo le dije: “Pero tú, ¿dónde estabas?”. Ella quería ingresar al Coro, pero en ese momento no había vacantes. Le dije que me llamara un mes después porque se retirarían dos sopranos. Y así fue. Se presentó, entró y ese mismo año audicionó para roles solista. Cantó un aria de Aída de Verdi, pero Patrón Marchand le aconsejó que no le dieran Aída porque era muy pesada para su voz. Entonces le dieron la Musetta de La bohème y eso también marcó su destino. Ahí fue cuando Renata Scotto la escuchó y la becó para estudiar en Julliard.

¿Qué hitos destacarías de estos casi 40 años de existencia del Coro del Municipal de Santiago?

En los conciertos, el Réquiem de guerra de Britten, dirigido por Latham-Koenig, porque fue extraordinaria la versión, fue muy emocionante. Es una obra extremadamente difícil y exigente, lo ideal sería hacerla con 150 cantantes y no eran 150, eran los nuestros. También cuando Gabor Ötvös nos dirigió en la Misa de Réquiem de Mozart. En ópera, Eugenio Oneguin, con puesta en escena de Hugo de Ana, una maravilla. Era como ver cine, una cosa increíble. También lo que hizo Maximiano Valdés dirigiendo la orquesta. Otras que han sido extraordinarias: Los cuentos de Hoffmann, con puesta en escena de Hugo de Ana y las óperas de Wagner, con puesta en escena de Roberto Oswald y dirección musical de Gabor Ötvös.

La gira a Savonlinna, Finlandia también fue una experiencia fantástica. Allí hacían un festival de ópera todos los años e invitaban a un teatro de otro país y así ocurrió con el nuestro. Fuimos con dos óperas, Montescos y Capuletos, de Bellini, dirigida por Maurizio Benini y Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, de Ortega, dirigida por Maximiano Valdés. Nos trasladamos el coro, la orquesta, solistas y técnicos. Fue una cosa increíble. El escenario funcionaba en un castillo, cuyo patio y otras partes habían sido adaptadas como teatro.

Eugenio Oneguin en el Teatro Municipal de Santiago

Eugenio Oneguin en el Teatro Municipal de Santiago

¿Cómo describirías al Coro del Municipal de Santiago?

El Coro, además de lo musical y lo vocal, tienen un talento histriónico innato, son muy creativos en cuanto a la actuación. Me acuerdo de una soprano que ingresó al coro, que nunca había cantando ópera ni había hecho teatro: en La bohème, el regisseur la eligió para hacer una escena con el solista y ella se manejó como si hubiera nacido en el escenario. También se caracterizan por su entusiasmo y siempre les recuerdo que esa palabra, en su origen etimológico, significa “estar habitado por los dioses”. Ellos logran proyectar ese entusiasmo en el público.

Logran un vínculo emocional con el público. ¿Será eso algo que tenemos los latinos?

Yo creo que sí. Me acuerdo que cuando hicimos ese Réquiem de Mozart con Gabor Ötvös, su esposa, que es psicoanalista, escuchó los ensayos en la platea y después llegó a los camarines a saludar a su esposo y venía llorando de la emoción. Dijo que era extraordinario y Ötvös también lo dijo. La emoción que ponen, cómo entregan, cómo viven intensamente eso que están cantando. Y le pregunté: “¿No es así en todos los coros?” Y no: “Hay coros extraordinarios en Europa y Estados Unidos que hacen todo lo que hay que hacer, pero están más a la distancia, no ponen esa entrega emocional o afectiva”.

El Coro del Municipal de Santiago en Aída

El Coro del Municipal de Santiago en Aída

Cuando preparan una ópera o un concierto, ¿cómo trabajan con la palabra?

En nuestro Teatro las obras se hacen en el idioma original, entonces es importante tener un buen dominio de la fonética del idioma respectivo, pero también la traducción: exactamente qué se está diciendo y cuál es la situación teatral, para entonces tener ese conocimiento y desde ahí poder expresar no sólo desde las melodías o la música sino también desde la palabra. Los sonidos y la emoción del sonido tiene que estar de acuerdo con lo que se está cantando, con lo que se está diciendo.

A mí me ayudó mucho para esto todo lo que yo trabajé como pianista. A mí me ayudó en el piano, todo lo que yo había disfrutado el canto lírico, podía cantar con el piano y viceversa. Lo que aprendí haciendo mucho repertorio de Chopin, Beethoven y Schumann, lo que yo expresaba en las melodías de las obras pianísticas, lo llevaba a la interpretación coral.

¿Es ese tu sello como director coral?

Primero, lo básico es que ciertos elementos de la música estén bien ordenados: el ritmo, la afinación, la fonética, el texto. Aparte de eso, es importantísimo el fraseo, el ligado o unión melodiosa de las frases, es decir, no que sean sonidos separados como ladrillos puestos. También es importante igualar el timbre o el color de las voces, trabajar la dinámica –es decir, los pasajes suaves, mediados, fuertes o fortissimos– para que esté bien y con mucho relieve. Para esto último, el Coro tiene una notoria facilidad, especialmente los sonidos piano y pianissimo, que no siempre resulta fácil. Finalmente, es importante que tenga una proyección que realmente llegue al público

En estos 40 años, ¿qué ha sido lo más emocionante que has vivido como líder del Coro?

Con el Coro, me han emocionado mucho los conciertos que hemos hecho en regiones. Estamos nosotros, con un grupo instrumental y yo los dirijo, entonces son espectáculos del Coro, tenemos más independencia. Esos son momentos muy emocionantes de ver y escuchar, de sentir lo que hacemos y de recibir la respuesta del público.

El Coro del Municipal de Santiago en el Teatro Municipal de Vicuña y en la Universidad Técnica Federico Santa María en Valparaíso

En 2002, me otorgaron el premio Ernesto Pinto Lagarrigue por mi trayectoria artística en Chile. Ese mismo año, don Joaquín Lavín, que era Alcalde de Santiago, me condecoró con la Medalla del Apóstol Santiago, porque se habían cumplido 20 años de mi trabajo. Esos premios me los otorgaron a mí, pero fueron para todo el Coro, ya que gracias a ellos yo pude hacer esta tarea en Chile.

Fue muy increíble también cuando fuimos a Montevideo en 1996. Patrón Marchand, era director artístico del SODRE y quiso inaugurar la temporada con la Missa Solemnis de Beethoven. Nosotros la habíamos cantado en diciembre del año anterior y los del coro del SODRE se entusiasmaron y se la aprendieron, entonces cantamos los dos coros. También hicimos dos conciertos de repertorio de óperas, sólo nuestro Coro. Estuvimos diez días y fue muy entretenido e interesante. Y para mí fue un reencuentro con el público de Uruguay, pero con el coro de Santiago de Chile.

¿Y te fue a ver tu familia?

¡Claro! Yo voy todos los años a ver a mi familia, salvo este año, que no pude ir por la pandemia. Lamentablemente mi padre había fallecido el año anterior, porque mi padre era el fan número uno nuestro. Llevaba unos álbumes con todos los recortes de los diarios. Mi madre también, pero papá estaba más ocupado de eso. Ellos, y también mi hermana menor, vinieron en varias oportunidades, les gustaba mucho.

“Trasladarme a Santiago implicó, con el paso de los años, desarraigarme del Uruguay. Tuve que renunciar a muchas cosas. Veo a mi familia y amigos pocos días al año, se terminó mi carrera como concertista en piano y ya no puedo disfrutar de Montevideo, que es maravillosa, ”, reflexiona Jorge Klastornick. “Siempre hay una añoranza”. Pero, sumando y restando, el saldo es positivo. En Chile, su camino profesional ha estado plagado de éxitos. “Hemos hecho un repertorio enorme. Son mas de 130 óperas, alrededor de 80 obras sinfónico-corales, además de algo de repertorio de cámara. Además de la experiencia, Chile me ha aportado la necesidad de poner en práctica la tenacidad, la perseverancia y la atención al trabajo”, concluye.

Han sido casi 40 años. Lo acogieron, la primera vez, el Teatro Municipal de Santiago y las montañas del Cajón del Maipo y, meses después, la ciudad en su conjunto. Lo acogieron también la calidez y espíritu festivo de los chilenos que, desde el primero momento lo sorprendieron. “El 23 de abril [de 1982], hicieron una estratagema y me llevaron a otro salón al Salón Amarillo –me decían que era importante que lo conociera– y estaban haciendo un ágape porque es el día de San Jorge. Para mí fue una sorpresa porque en Uruguay nadie le hace mucho caso al santo personal. Yo no sabía que ese día era San Jorge  y cantaron Las mañanitas”, recuerda. “Además de lo musical, lo vocal, lo actoral, el Coro tienen una virtud, una condición de calidez humana y de gran solidaridad. Eso es de las cosas que en el transcurso de estos años me ha emocionado”.

 

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