Ballet

Iván Nagy, Marylin Burr y el primer periodo de Marcia Haydée | 1982 – 1995

Luego de un corto pero renovador segundo periodo a la cabeza del Ballet de Santiago, los reiterados conflictos con las autoridades municipales terminaron por convencer a Octavio Cintolesi de dejar Chile y retornar a Europa en 1981, a pesar del notable apoyo de la comunidad artística nacional. Esta nueva partida del coreógrafo tuvo un correlato en los ánimos de la compañía que, percibiendo aún la necesidad de renovación, bajo la dirección de la ex alumna de Cintolesi, Luz Lorca, se preparó a conciencia para forjar el camino hacia su perfeccionamiento.

Con la premisa de mejorar el nivel técnico de la compañía, en 1981, en el contexto de reestructuración que vivían todos los cuerpos estables del Municipal de Santiago, se organizaron nuevas audiciones para la compañía de ballet, que congregaron a un importante número de artistas chilenos y sudamericanos. Para esta ocasión, se invitó como presidente de la comisión al reconocido ex primer bailarín del American Ballet Theatre, el húngaro Iván Nagy. Su presencia en Chile fue todo un acontecimiento y, tras una serie de conversaciones preliminares, las autoridades de la Corporación Cultural de Santiago ofrecieron al maestro húngaro la dirección de la agrupación de ballet, lo que supondría una de las contrataciones artísticas más importantes de la década.

Ivan Nagy

Ivan Nagy

Motivado por el potencial y la juventud de la renovada compañía, Iván Nagy vio en la agrupación una suerte de telón en blanco, que le permitiría imprimir su sello personal y trabajar desde sus propios preceptos sobre la danza, basados, según la autora María Inés Sáez, en cuatro conceptos: “la disciplina, el rigor, el esfuerzo y la mística”. Sumada a Nagy, también arribó a suelo nacional su esposa, la igualmente destacada bailarina australiana Marilyn Burr, quien fue contratada como maestra de ballet y aportó notablemente a la depuración y técnica de la compañía, mejorando su versatilidad y capacidad de asumir distintos desafíos coreográficos.

El gran conocimiento práctico y teórico que Nagy y Burr tenían sobre el ballet, sumado a su enorme red de contactos internacionales y su apasionada búsqueda de la excelencia, los hicieron los candidatos idóneos para llevar a la compañía a un nuevo nivel interpretativo y hacer que ésta accediera al reconocimiento internacional. Durante el primer año bajo su dirección, el Municipal de Santiago celebró sus 125 años, los que fueron conmemorados con una gala que marcó la pauta para lo que vendría y que fue la presentación pública de las verdaderas posibilidades de la compañía con la guía de sus nuevos directores. En la gala participaron renombrados bailarines –algunos contratados en la compañía santiaguina y otros que vinieron de visita– como Sara Nieto, Edgardo Hartley, Valentina y Leonid Kozlov y Fernando Bujones.

Luego de este primer éxito de su agrupación, Nagy se propuso explorar en áreas diferentes, sacarla de su zona de confort e incrementar considerablemente el repertorio de la compañía, incluyendo y estrenando obras de coreógrafos como John Cranko, Ben Stevenson, Ronald Hynd, Kenneth MacMillan, George Balanchine, Luc de Lairesse, André Prokovsky, David Parsons, Robert North, Trey McIntyre, Glen Tetley y Jerome Robbins. Especialmente importante fue la incorporación al repertorio de Serenade de Balanchine, que –tras ser solicitada a su creador personalmente por Iván Nagy– fue entregada por su coreógrafo de forma libre de derechos poco antes de su fallecimiento y enseñada a la compañía directamente a través de su asistente coreográfica, Melissa Hayden.

La labor formativa de Iván Nagy no sólo estuvo orientada a la compañía de ballet, sino también al público chileno. Gracias a sus incansables búsquedas de repertorio, la cantidad de títulos y funciones anuales de la agrupación se incrementaron notablemente, lo que permitió consolidar un gusto por el ballet en la audiencia capitalina, que gracias a la labor curatorial de Nagy logró familiarizarse con estilos clásicos, románticos, neoclásicos y dramáticos de danza; a la vez que pudo ver estrenos chilenos como Cuatro últimas canciones de Ben Stevenson y mundiales como Ocaso de un invierno de Edgardo Hartley, y apreciar a grandes figuras de la danza mundial, como la recordada Natalia Makarova.

Hacia 1985, tras varios años de intenso trabajo, en palabras de María Inés Sáez, “Iván Nagy considera que la compañía está en su mejor momento. Piensa, y así lo hace ver a sus bailarines, que las giras son fundamentales”. Bajo esa premisa, se inicia una nueva etapa de la gestión del húngaro: ahora que la compañía ha alcanzado un nivel de excelencia y una identidad propia, debe posicionarse de este modo fuera del territorio nacional. Así, el director comienza las gestiones para desarrollar una gira al extranjero, que se concreta gracias al apoyo de la comunidad y la empresa privada. En 1986, la compañía viaja a Estados Unidos, donde se presenta con gran éxito entre el público y la crítica en el City Center de Nueva York, donde interpreta Rosalinda de Ronald Hynd, una de las obras insignes de la era de Iván Nagy.

Luego del regreso a Chile y de nuevas presentaciones de la compañía en territorio chileno –ahora con un bien demostrado prestigio internacional– Iván Nagy ve realizado su cometido inicial. Después de intensos años en nuestro país, Iván Nagy y Marilyn Burr deciden abandonar Chile y el Municipal de Santiago y parten a Estados Unidos, donde el maestro húngaro es apuntado como director artístico del Ballet Cincinnati. La partida de ambos pone fin a una era –corta en extensión pero grande en contribuciones– y deja a la compañía nuevamente acéfala y a la Corporación Cultural con la difícil tarea de buscar sucesores.

El primero en sucederlo es el inglés Dennis Poole, quien permanece en la dirección entre 1986 y 1989. Bajo su guía la compañía mantiene su bien ganado prestigio e interpreta títulos como La cenicienta de Stevenson, Le papillon de Ronald Hynd, Coppelia de Vicente Nebrada, Romeo y Julieta de John Cranko y Los tres mosqueteros de Andre Prokovksy. Adicionalmente, Dennis Poole propicia giras por Sudamérica y bajo su dirección se organiza el Primer Festival de Coreógrafos Chilenos, un evento en modalidad concurso en el que participaron creadores como Octavio Meneses –quien resultó ganador– Patricio Gutiérrez, Mario Bugueño, Jaime Riveros y Gregorio Fassler.

Hacia fines de 1989 Dennis Poole deja la dirección de la compañía para partir a Estados Unidos. Es sucedido por el húngaro Imre Dosza, director de la Escuela de Ballet de la Ópera de Budapest, quien permanece en el cargo por sólo algunos meses, entre 1989 y 1990. Cercano a Iván Nagy y un destacado maestro de baile, Dosza coincidió en la preocupación de su compatriota por el nivel técnico y apoyó notablemente el nivel artístico e interpretativo del ballet, específicamente del cuerpo de baile, que de acuerdo a sus concepciones, no podía descuidarse y debía tener un nivel de excelencia.

Posterior a la salida de Imre Dosza, ocasionada por el desgaste que le provocaba la dirección simultánea de la compañía chilena y de la Escuela de Ballet de Budapest, nuevamente la agrupación santiaguina queda a cargo Luz Lorca. Siempre marcada por los ideales cintolesianos, pero también consciente de la relación entre éstos con el trabajo de Iván Nagy, la principal propuesta de trabajo de la maestra consistió en forjar una identidad para la compañía. Durante los tres años que permaneció a cargo, destacaron recordadas figuras como Valentina Chtchepatcheva, Luis Ortigoza, Pablo Aharonian, Marcela Goicoechea, Jacqueline Cortés, Lidia Olmos, Cyril de Marval, Patricio Melo y Miguel Ángel Serrano, entre otros; además de los ya consolidados Nieto y Hartley. Adicionalmente, se interpretaron títulos como Macbeth de Prokovsky, Tiempo de percusión de Hilda Riveros, La doncella de nieve de Stevenson y se estrenó Don Quijote de Jaime Pinto. Bajo la dirección de Lorca se continuó el Festival de Coreógrafos Chilenos y se desarrollaron giras al extranjero, de las cuales la más importante fue la acaecida en 1992, cuando la compañía actúa por primera vez en Europa, en ciudades como Sevilla y Budapest.

Aún bajo el mando de Luz Lorca, la compañía estrena El pájaro de fuego en una creación especial de la destacada ex bailarina, coreógrafa y directora del Ballet de Stuttgart, Marcia Haydée. Este fructífero intercambio entre el Ballet de Santiago y esta renombrada artista, fue un auspicio de la colaboración que vendría. En 1993, Marcia Haydée acepta compartir la dirección de las compañías del ballet de Stuttgart y de Santiago, lo cual se proyectará hasta 1995. En esta primera etapa a la cabeza de la compañía santiaguina, Marcia Haydée estimula el intercambio entre ésta y otras agrupaciones de danza extranjeras y consolida el posicionamiento internacional del Ballet de Santiago. Bajo su guía, se trabajan títulos como Alegría Parisien de Maurice Béjart, Carmen de Hilda Riveros, Coppelius el mago con coreografía de Marcia Haydée, Juego de cartas de John Cranko y La viuda alegre de Ronald Hynd, entre otros.

Marcia Haydée

Marcia Haydée

Aunque el desgaste ocasionado por la gran carga de trabajo y de viajes, que le significaba su doble liderazgo en Stuttgart y Santiago, terminaran por instar a Marcia Haydée a dejar la dirección del Ballet de Santiago en 1995, su fructífero y comprometido trabajo con la compañía marcará la pauta para los años venideros. Los últimos años de la década del noventa y el cambio de milenio significarán para la compañía una nueva etapa en pro de su consolidación y de su afianzamiento definitivo.

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