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Gabriela Mistral: Sus sueños para Chile

Gabriela Mistral ofreció un discurso en el Teatro Municipal de Santiago el 17 de septiembre de 1954, en una de sus últimas visitas a Chile. El texto fue dirigido a los intelectuales de la época y refleja los verdaderos anhelos para la sociedad y la cultura de nuestro país. Un discurso que hoy se mantiene vigente como hace 66 años.

Lucila de Maria Godoy Alcayaga (Gabriela Mistral) nació en Vicuña, en la región de Coquimbo el 7 de abril de 1889 y su infancia transcurrió en diferentes pueblos del Valle del Elqui. Su padre, de origen español, fue el poeta y profesor, Jerónimo Godoy y su madre, descendiente de antepasados vascos, fue la bordadora y modista Petronila Alcayaga, sin embargo Gabriela creció sin su padre, quien abandonó su hogar cuando ella tenía sólo 3 años de edad.

A sus quince años, Gabriela Mistral comenzó a trabajar como profesora ayudante en una escuela en La Serena y al mismo tiempo, enviaba diversos escritos a los diarios El Coquimbo y La Voz de Elqui. Por estas publicaciones, que fueron consideradas rebeldes y paganas, no fue aceptada en la Escuela Normalista de La Serena. Sin embargo, a los 19 años ya trabajaba en dos escuelas cerca de Coquimbo en Los Cerrillos y La Cantera. Y en 1910 convalidó sus conocimientos y recibió el título de profesora en Santiago, un hecho que generó polémica porque para llegar a ese nivel profesional se esperaba que hubiese cursado alguna clase en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. De todos modos, sus capacidades intelectuales la llevaron a ser, además de profesora, columnista en algunos diarios de la región.

Ese mismo año, se traslada a trabajar a la ciudad de Traiguén, en la región de la Araucaní, donde permaneció un semestre. En ese período, no fue bien recibida por sus colegas, porque sabían que no había tenido estudios formales en el Instituto Pedagógico. Durante el tiempo que permaneció ahí, Gabriela impartió clases de dibujo, higiene, labores y economía doméstica en el Liceo de Niñas. En este lugar, es donde tuvo el primer contacto con el pueblo Mapuche, lo que la inspiró a desarrollar sus escritos de poesía, herencia de su padre. En este mismo período, comenzó a escribir los Sonetos de la Muerte, textos que le darían el premio Juegos Florales de Literatura, un concurso organizado por la Federación de Estudiantes de Chile en 1914.

En el año del centenario de Chile, Gabriela Mistral no se sentía del todo satisfecha, pertenecía en cierta medida, al grupo intelectual que criticó fuertemente las actividades realizadas por la república autónoma. El país atravesaba una crisis social y económica importante, el nivel de analfabetismo y las condiciones paupérrimas de vida que sufrían las clases bajas distaban de la realidad de la clase pudiente que insistía en una celebración desmarcada de la realidad de la mayoría de los habitantes del país. El epicentro de las festividades fue en la ciudad de Santiago, algo que también la disgustaba, sensible a la realidad de lo que ocurría en regiones del sur de Chile. Esa realidad social se convirtió en tema de discusión entre los intelectuales, políticos y otros sectores de la sociedad. En tanto, el Teatro Municipal de Santiago no estuvo exento de estas polémicas en este contexto, ya que después del terremoto de 1906 -cercano al centenario- la reconstrucción de la fachada y el Foyer de Agustinas, en manos del arquitecto Emilio Doyere, consideró la instalación de una escalinata de mármol blanco que invitaba a su Sala Principal. 

Escalinata de mármol blanco del Foyer de Agustinas en 1917, Teatro Municipal de Santiago.

En 1914 Lucila ya usaba su seudónimo Gabriela Mistral en honor a sus poetas favoritos, Gabriele D’Annuzio y Frédéric Mistral. 

Fueron años de ir y venir entre regiones del sur y el norte de Chile, principalmente como directora de liceos de niñas. Estuvo en Los Andes, Punta Arenas, Antofagasta y Temuco, y con esta experiencia desarrolló un extenso currículum en materia de educación, y a la vez su nombre como poeta era cada vez más reconocido, ya en 1917  ya era una intelectual consagrada.. Gabriela contaba con una carrera impecable, y mientras trabajaba en Santiago, a los 33 años, fue invitada por el Ministro de Educación de México, el educador y filósofo José Vasconcelos, para crear una red de bibliotecas públicas y redactar la reforma educacional de ese país. Sin duda, su aporte como docente, poeta y su fuerte compromiso con el mejoramiento de las condiciones de vida de los niños vulnerables de Latinoamérica, eran el motor que impulsaba sus ideas y acciones.

Gabriela Mistral como Directora del Liceo de Niñas de Temuco en 1921. Colección de fotografías Museo Gabriela Mistral de Vicuña.

Por ese entonces, los viajes y cambios de trabajo de Gabriela se hicieron más frecuentes, comenzó a recorrer el mundo principalmente Latinoamérica, colaborando con distintas entidades, escuelas y ministerios, difundiendo sus conocimientos en materia de educación y salubridad, entendiendo las condiciones de vida de los niños en países sudamericanos de bajos ingresos. Posteriormente, fue invitada a Estados Unidos y a Europa, donde conoció a importantes intelectuales de la época.

En tanto, llegó a Chile la temida gripe española, además de la crisis de la venta del salitre, (se crea el fertilizante sintético y Europa deja de comprar a Chile), nuestro país sufrió un gran desbalance económico y las condiciones de vida en las zonas urbanas y suburbanas pasaron a ser misérrimas.  En plena crisis, en 1924 el Teatro Municipal de Santiago, sufre un incendio que destruyó por completo la fachada, parte de la Sala Principal y el Foyer de Agustinas. El entonces administrador Jorge Balmaceda Pérez, decidió eliminar la escalinata del Foyer de Agustinas con el fin de solventar los gastos económicos de la reconstrucción, pero también para adecuar este espacio a los nuevos desafíos y a la realidad cultural y económica que se vivía en el país. Sin duda, la década de 1920 y parte de 1930 fueron años duros para nuestro país. 

Gabriela deja México para continuar trabajando alrededor del mundo, y en 1926 se instala en París, representando a Chile en el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual; y posteriormente asume tareas consulares por Europa también en representación de nuestro país.   Al mismo tiempo, el Presidente Pedro Aguirre Cerda junto a un grupo de  intelectuales, tenían en la mira a Gabriela Mistral para postular su obra literaria al Premio Nobel. Gabriela vivió en España, Estados Unidos, Brasil, Italia, Portugal, mientras realizaba giras, conferencias y presentaciones en Puerto Rico, Cuba, República Dominicana, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Argentina y Uruguay, entre otros países, intercambiando conocimientos con poetas, escritores, escritoras y artistas en general. Sus colaboraciones y publicaciones en la prensa local de cada lugar que visitaba, también formaron parte de su trabajo, es decir, publicaba artículos de prensa, libros con compilados de su poesía, obras y realizaba conferencias y diversos trabajos sobre educación. Durante ese período, realizaba visitas esporádicas a Chile, al menos una vez cada dos años.

En 1943 establecida en Petrópolis como cónsul de Chile, recibe probablemente la noticia más dura de su vida, su hijo adoptivo de 18 años, Yin Yin se había suicidado. Este doloroso hecho, marca de por vida a Gabriela. 

Dos años más tarde, en 1945 recibe  el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en la primera mujer Latinoamericana en recibirlo hasta nuestros días: “Por una venturanza que me sobrepasa, soy en este momento la voz directa de los poetas de mi raza y la indirecta de las muy nobles lengua española y portuguesa”. Probablemente este hito en su carrera y en cierta medida también para nuestro país, marcó un antes y un después respecto a la importancia que se le daba a los intelectuales sudamericanos de la época. Chile formaba parte de una visión más eurocentrista respecto a la literatura y las artes en general, por lo tanto que una educadora y poeta chilena, recibiera este galardón fue algo realmente inesperado. Lucila Godoy Alcayaga se convirtió en la voz de los niños desvalidos de los pueblos alejados, de las mujeres rurales de Sudamérica, de los olvidados analfabetos y de los intelectuales comprometidos con el arte y por lo tanto con la sociedad. 

En 1951 mientras vivía en Italia, recibe el Premio Nacional de Literatura, en 1953 establece su residencia en Nueva York y un año más tarde, el Presidente Carlos Ibáñez del Campo, elegido tan solo dos años antes en las elecciones en las que por primera vez participaron las mujeres chilenas, invita a Gabriela a visitar nuestro país.  Fue recibida en pleno septiembre con festejos, a nivel nacional, en un evento multitudinario, donde se llenaron las avenidas de flores y fue aplaudida por todos sus compatriotas, recibiendo el título Doctor Honoris Causa de la Universidad de Chile. En esta visita, los intelectuales de Chile le realizan un homenaje en el Teatro Municipal de Santiago, ad portas de su centenario, donde pronuncia un discurso dirigido exclusivamente a ellos, alentando a sus compañeros a poner énfasis en la vida y en el futuro de los niños pobres y desvalidos de Chile.

El tema central de la vida y obra de Gabriela Mistral giró en torno a la infancia y a los niños, a su resguardo y a tomar en cuenta de manera profunda a estos pequeños seres que no tienen gobierno sobre sus acciones y decisiones, y que por lo mismo, es deber  del artista y de la sociedad colaborar en esta misión alrededor del mundo. En su discurso pone como ejemplo de libertad, de juventud y valor a José Miguel Carrera y a Bernardo O’Higgins “a ellos que también fueron jóvenes y niños incluso ¿Quién iba a imaginarse todas sus proezas y que iban a dirigir el país hacia la liberación de la monarquía española? Nosotros decidimos nuestro destino, y nuestro destino son los niños”.  También se refiere a los artistas como seres con un privilegio espiritual respecto del resto de las personas y por lo tanto, es una tarea obligatoria entregar a través de los sentimientos, de los sueños y las acciones, el amor y la comprensión que los niños y desvalidos necesitan.  Y pide un favor a sus compañeros intelectuales, sabiendo que es una instancia para agradecer y quizás referirse a sus galardones, pero aprovecha esta oportunidad para referirse al tema central de su vida, sin embargo su escritura es de tal delicadeza y sensatez que jamás olvida a los pobres y a las mujeres. Alienta a los artistas y a las personas con su discurso refiriéndose a la proeza de los libertadores: “Tanto nos dieron los autores de este día. En él comienzan muchas cosas que estaban ausentes y de golpe salieron a la luz. En este día supimos para no olvidarlo más que la libertad era la condición para que se alzaran muchas cosas sumergidas en nosotros mismos: el derecho de disponer de nuestra alma y de nuestra vida, el de poseer la tierra, nuestra Madre y el de ingresar en las filas de los pueblos que te dictan sus voluntades y aman su propio destino. Desde aquel día hasta hoy la criatura chilena se alza en la luz de su sol como el dueño de su destino y toma posesión de sí misma y se da cuenta de sus facultades todas. Fue aquél día como el del ciego que en una mañana al abrir su puerta recupera todo lo perdido”.

Hoy, en tiempos de pandemia, tenemos el deber de soñar, pedir, sentir para que los anhelos de Gabriela por los niños, enfermos, indigentes, abandonados y olvidados se hagan realidad. 

Puedes acceder a leer este documento aquí: http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/623/w3-article-141644.html

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