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El ballet en Chile hasta 1959

Resulta imposible comprender la verdadera magnitud e impacto de la labor y el aporte que, en estos sesenta años, el Ballet de Santiago ha realizado en la vida artística de nuestro país si no se tiene en consideración la intermitente pero intensa relación que Chile tuvo con la danza clásica previo a la conformación de esta destacada compañía.

Aunque los primeros contactos que nuestra nación tuvo con el ballet como tal se remontan a mediados del siglo XIX, incluso desde antes de la Independencia la población chilena, como muchas otras del continente sudamericano, se sintió inclinada a la danza. Según consta en diferentes investigaciones, ya en los últimos años de la Colonia era usual que se realizaran saraos –especies de reuniones sociales cotidianas– en los que, entre otras actividades, habitualmente se danzaban bailes de salón de origen europeo como el minué. Esta afición a la danza continuó desarrollándose durante todo el siglo XIX, puesto que el advenimiento de los ideales de la modernidad propició que los países americanos consideraran a Europa como un modelo digno de imitación.

Anna Pavlova, 1917

Anna Pavlova, 1917

Así, se comprendió la necesidad de la sociedad americana de desarrollar gustos y aficiones similares a los del Viejo Continente y se empezó a comprender al baile, el teatro y otras expresiones artísticas como elementos configuradores de la civilidad, las buenas costumbres y como propiciadores del progreso de los pueblos. Debido a esto, en nuestro país se llegó a incluir a la zamacueca –danza criolla antecesora de la cueca– en actos políticos oficiales y, aún más interesante, habitualmente se la presentó en los teatros, lo cual puede ser considerado, en palabras de Yolanda Montecinos, como un “eslabón entre lo espontáneo [de los bailes populares] y lo elaborado o danza teatral”.

Sin embargo, no fue hasta la década de 1850 cuando el público chileno se encontró por primera vez con la delicadeza del ballet. Entre 1850 y 1862 se presentaron en Santiago y otras ciudades cuatro compañías de danza europeas, que gracias a las favorables condiciones político-sociales y económicas de este decenio, pudieron establecerse por un tiempo y dar a conocer al público distintos títulos del ballet romántico francés, que despertaron el interés por la danza escénica. En 1850 llega al Teatro Municipal de Valparaíso la primera agrupación, la Compañía de Monsieur Ponçot. Contratada junto con una compañía lírica para actuar en la temporada anual de ópera, presentaron títulos como Giselle y La Sílfide. Especial notoriedad alcanzaron dos de sus primeras bailarinas, la Dimier y la Soldini quienes, encarnando dos estilos de danza muy disímiles –a saber, el picaresco y de carácter versus el etéreo y lírico– dividieron al público. Esta primera compañía gozó de gran recepción e incluso fervor entre los recientemente surgidos adeptos al ballet e impulsó también a la prensa cultural nacional, que publicó críticas y otros escritos motivados por sus presentaciones.

A esta primera conformación siguió en 1856 la Compañía de los Roussets, que provenía de Europa y Estados Unidos y reestrenó un favorito del público, Giselle, además de Carolina, reina de los ladrones. Al año siguiente, el ballet llegó por primera vez al escenario del entonces Teatro Municipal de Santiago, pues, con motivo de su inauguración, fue contratada en Francia la Compañía Coreográfica Corby, que permaneció por cuatro años en Chile.

Este primer ballet del Municipal fue responsable de ampliar considerablemente el repertorio conocido en nuestro país, estrenando títulos como Esmeralda, La bella jardinera, El triunfo del amor y El sueño oriental. Según han expresado algunos historiadores de la danza, esta agrupación tuvo, adicionalmente, el mérito de haber sido la primera en innovar en términos de vestuario, incluyendo las vestimentas exóticas de usanza oriental –como el que hoy podemos ver en títulos como La bayadere o la danza árabe de Cascanueces– en desmedro del albo tutú al que nos había acostumbrado el ballet romántico.

No obstante el entusiasmo inicial que vieron surgir estas primeras tres compañías, hacia 1860 el interés por el ballet fue desplazado por un arte entonces más monumental y espectacular, la ópera, que en esos años vivía un verdadero auge. Así, cuando arribó a nuestro país la troupe de Martinetti-Ravel, pese a la gran calidad de sus artistas y a la buena recepción de la crítica, la baja afluencia de público proclamó definitivamente la supremacía de la ópera y posteriormente la zarzuela, que se hicieron muy populares y relegaron por algunos años a la danza a un rol de acompañante de estas funciones líricas, excluyendo sus posibilidades de constituir un espectáculo independiente. Empero, este periodo –extendido hasta la década de 1910 y que Yolanda Montecinos ha bautizado como la “época oscura” del ballet, ya que no se crean compañías ni escuelas de danza permanentes– no estuvo exento de talento, puesto que debido precisamente a la falta de cuerpos estables nacionales, las distintas compañías de zarzuela y de ópera que visitaban nuestras tierras y que requirieron de acompañamiento de danza, tuvieron entonces que contratar artistas extranjeros.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial muchos artistas aprovecharon para emprender giras a América. Así, en 1917 y 1920 llegó a Chile la renombrada Anna Pavlova, una figura diametral de la historia mundial de la danza, que además de exponer nuevo repertorio, revitalizó el lugar del ballet en nuestro país. En sus dos visitas, su compañía actuó en Santiago, Valparaíso, Talca y Concepción, y dio a conocer importantes títulos del ballet clásico ruso tales como La bella durmiente y Raymonda. Una vez acabada la estancia del conjunto de Pavlova y aprovechando el nuevo interés de los chilenos por la danza, uno de sus discípulos, Jan Kawesky, se quedó en territorio nacional y en 1921 fundó lo que sería la primera academia de ballet clásico y semillero de algunos de los primeros bailarines chilenos como Malucha Solari, quien fue su discípula en su infancia. En 1935 Kawesky es apuntado como maestro de baile por la Dirección del Teatro Municipal de Santiago para formar una compañía profesional que acompañara la temporada lírica.

Ernst Uthoff y Margot Loyola

Ernst Uthoff y Margot Loyola

Tras la muerte de Jan Kawesky en 1938, Chile quedó sin una academia que continuara la formación de bailarines y sin cuerpos de danza adecuadamente establecidos. La más notable excepción fue la maestra Andrée Haas, especialista en el método rítmico-corporal conocido como Dalcroze, quien continuó trabajando en la línea de la danza moderna y de improvisación. En 1939 estrenó Canción de la tierra con música de Béla Bartók en el Municipal, dirigiendo un cuerpo de baile integrado por algunas de las otroras estudiantes de Kawesky.

Al igual que sucedió años antes, el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial significó la visita de notables compañías, como el Ballet de Montecarlo y el Ballet Jooss, de origen alemán, que debutó en 1940. A la visita de esta agrupación se sumó la nueva Ley de Extensión Cultural, que amparaba la formación de cuerpos artísticos estables como la Orquesta Sinfónica de Chile. Producto de esta legislación, el Departamento de Extensión de la Universidad de Chile se propuso crear una Escuela de Danza en la línea moderna y experimental promovida por Andrée Haas, y para su implementación contrató a tres miembros del Ballet Jooss –Ernst Uthoff, Lola Botka y Rudolf Pecht– quienes se convirtieron en los nuevos formadores de bailarines y coreógrafos profesionales chilenos, entre ellos Octavio Cintolesi, quien años más tarde se convertiría en el fundador de la compañía precursora del Ballet de Santiago.

Octavio Cintolesi junto a algunos de los bailarines, en el frontis del Municipal

Octavio Cintolesi junto a algunos de los bailarines, en el frontis del Municipal

No pasó mucho tiempo hasta que alumnos de la Escuela de Danza de la Universidad de Chile conformaran una agrupación que, en 1956, tomó el nombre de Ballet Nacional Chileno. Esta compañía, dirigida por Ernst Uthoff, e integrada entre otros por Cintolesi, se perfiló como una agrupación de cariz moderno, que según los lineamientos de su creador no perseguía el virtuosismo sino la cualidad artística y natural de la danza y que, pese a su notable técnica, no utilizaba recursos como las puntas. La compañía comenzó a presentar principalmente un repertorio en la línea de la improvisación o el ballet neoclásico. De este modo, aunque colaboraron en algunas de las temporadas líricas del Municipal, su marcada identidad distaba mucho de las necesidades artísticas más clásicas y depuradas de una institución como el Municipal de Santiago.

En este contexto, si bien en ese entonces Chile contaba con su primera compañía profesional estable de danza –el BANCH– la línea del ballet clásico permanecía relegada. Motivados por esta realidad, entre 1949 y 1957 el Municipal de Santiago contrató a Vadim Sulima, un bailarín y coreógrafo proveniente de Leningrado que impuso por primera vez en Chile el sistema de enseñanza del ballet de Agrippina Vaganova, que incluso hoy es utilizado en escuelas de danza de todo el mundo, como la academia homónima dependiente del Ballet Mariinski. Posterior a la implementación de su escuela, en 1952 Vadim Sulima creó una compañía que, además de apoyar las temporadas del Teatro Municipal, de forma independiente a esta institución desarrolló un repertorio en la línea del ballet neorrealista en el que Sulima insistió siempre en yuxtaponer al contenido soviético, ballets con música o temáticas chilenas.

Debido a factores como su carácter de agrupación independiente y su estilo tan ecléctico y personal, la compañía de Vadim Sulima terminó por extinguirse, a pesar de contar con intérpretes de gran talento. Nuevamente, el ballet clásico en Chile se quedaba sin exponentes. Así las cosas, la Comisión de Teatro y Cultura se propuso buscar un nuevo director para conformar lo que sería la primera compañía estable dependiente del Teatro Municipal. Para realizar esta tarea, contactaron al ya citado Octavio Cintolesi, quien habiendo permanecido unos años en Europa, regresó a Chile con la convicción necesaria para fundar una nueva compañía –bautizado por él como Ballet de Arte Moderno, actual Ballet de Santiago– que, según sus ideales, debía contar con una técnica clásica, un variado repertorio y acercar el ballet a las personas, entregando su arte a lo largo y ancho de nuestro territorio.

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