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Andrés Rodríguez Spoerer: “Quería cantar Iron Maiden y terminé estudiando ópera” | Desde la galería

Todo partió por el rock. Le apasionaban las guitarras eléctricas y soñaba con cantar sobre los escenarios. Hoy se encuentra detrás de ellos. Descubrió que su pasión era identificar jóvenes talentos y ayudarles a crecer. Andrés Rodríguez Spoerer es licenciado en música con mención en canto y MBA, y actualmente es gerente de Música de la Fundación Ibáñez Atkinson, donde gestiona y desarrolla alianzas con teatros e instituciones alrededor del mundo, que permitan entregar oportunidades a músicos talentosos de Chile y Latinoamérica. ¿Cómo se identifica a un talento que podría llegar a ser una estrella internacional? ¿Es Chile un país que contribuye al desarrollo de artistas? Son algunas de las temáticas que aborda Desde la galería.


Por Carolina Jerez Herrera

¿Cuántos talentos tiene cada persona? Probablemente sean muchos e incluso algunos nunca los descubramos. ¿Cómo saber si puedo esquiar si nunca he ido a la nieve? ¿Cómo saber si podría dedicarme a la música si nunca me he acercado a ella? La respuesta es una: hay que intentarlo. Pero para eso debe existir la oportunidad de hacerlo.

En Chile, una organización que se dedica a ello es Fundación Ibáñez Atkinson, que desde 2013 genera oportunidades de desarrollo a través de la música, la lectura y la educación medioambiental, con programas para niños, jóvenes y adultos. Este mes, dos alumnos del Ibáñez Atkinson Young Artist Program, programa que realizan junto al Teatro Municipal de Santiago, debutan como solistas en la ópera concierto Don Giovanni, que trae de regreso el género lírico al escenario del Teatro. Conversamos con Andrés Rodríguez Spoerer, gerente de Música de la Fundación.

Andrés Rodríguez Spoerer.

Estudiaste música con mención canto en la universidad. ¿Cómo fue que te acercaste a esta disciplina? ¿Hubo alguien o algo que te inspiró?

La verdad es que llegué sin querer. Empecé de bien chico el gusto por la música y tenía ciertas facilidades para los instrumentos. A los 11 años fue la primera vez que descubrí la música y me apasioné mucho por ella, siempre en el ámbito del rock. Me interesaban las bandas, ser guitarrista y cantante. Esta pasión me acompañó durante toda mi adolescencia.

Esto, hasta alrededor de los 18 y 19 años. En el afán de querer cantar mejor y siempre pensando en el rock, entré al Coro de Cámara de la Universidad Católica. Pero estando ahí, me encontré con el repertorio clásico. Era la primera vez que agarraba una partitura y lograba ver la música desde adentro. Lo único que quería era seguir aprendiendo hasta que un día  Jaime Donoso -quien era Director del Instituto de Música de la Universidad Católica y Director del Coro- me dice: “¿Por qué no intentas con el canto?”. Y lo intenté. Entré al coro para poder cantar lo mejor posible Iron Maiden y terminé estudiando ópera.

Andrés Rodríguez junto al maestro Jaime Donoso.

¿En ese momento tenías alguna ópera favorita?

En mi casa siempre se escuchó música, de todo tipo. Popular, folclórica y también clásica. A mi mamá le gustaba mucho Schubert, y obviamente las sinfonías más conocidas de Beethoven y Mozart siempre sonaron. Pero lo único que yo había escuchado de ópera era La flauta mágica, en una adaptación de dibujos animados que había. Me sonaba un Papageno, un Tamino, un Sarastro, pero no mucho más que eso.

Película animada La Flauta Mágica, 1994.

 

¿Hoy tienes una ópera favorita?

Don Giovanni. La primera vez que la vi en vivo fue cantándola en la ópera de Temuco, haciendo el rol de Don Giovanni. Ahí pasó a ser una de mis óperas favoritas. Además, como pasa generalmente con la música clásica, cuando uno ve las obras desde adentro escucha otra cosa.

¿Te acuerdas cómo fue la primera vez que visitaste el Teatro Municipal,? ¿Cómo fue esa experiencia y cómo es el vínculo que tienes hoy con el Teatro?

Es super especial porque la primera vez que fui al Teatro Municipal debo haber tenido unos 16 años. Me regalaron una entrada a Wozzeck… Imagínate, la primera vez que una persona va a la ópera y se encuentra con una obra de este estilo, bastante lejana a la concepción clásica que uno tiene del género. La verdad no me gustó nada. Qué iba a saber yo que cuatro años después iba a estar estudiando ópera… Hoy esta obra es una de mis favoritas.

Ópera Wozzeck, Teatro Municipal de Santiago, año 2000.

 

Andrés interpretando al Conde Almaviva de Las Bodas de Fígaro, 2006.

Actualmente la relación que tengo con el Teatro es muy buena y cercana. Estoy contento porque no solo tengo la oportunidad de disfrutar diversos espectáculos, sino que son más las veces que voy al Teatro en función de los proyectos que tenemos en conjunto con la Fundación. Es muy gratificante sentir que estoy en un rol desde el que, tal vez, puedo hacer más por el Teatro que el solo hecho de comprar una entrada.

Le tengo un respeto y admiración enorme. Desde el minuto en que uno se vincula con la música clásica, el Teatro Municipal es como el non plus ultra del sector. Es donde ocurre todo, porque al haber estudiado canto lírico el Teatro se convierte en un objetivo profesional. Es una especie de satélite, una luna que va dando vueltas alrededor de uno permanentemente. A veces más lejos, a veces más cerca, pero está siempre ahí.

Creo que es la institución de la cual todos tenemos que estar orgullosos, no solamente por su característica de patrimonio republicano, sino porque es el único teatro, junto con el Teatro Colón, que hoy tiene una programación permanente con cuerpos estables. Es fundamental y motivo de orgullo.

Has trabajado en diversos proyectos culturales, actualmente como gerente de música de la Fundación Ibáñez Atkinson. ¿Cómo crees que ha evolucionado tu pasión por la música y el canto lírico a través de los años desde los distintos roles que has tenido?

Obviamente en un principio el objetivo era interpretar. A lo largo de los años, he ido pasando de estar arriba del escenario a moverme detrás de él, acercándome a la producción y a una serie de detalles necesarios para que la obra pueda llevarse a cabo. Me ha tocado desde gestionar el arriendo de partituras para que una orquesta pueda interpretar una obra, hasta asegurar los insumos necesarios para que los instrumentistas puedan tocar.

Hoy lo que me mueve es articular todo lo necesario para que un cantante se forme de la mejor manera posible. Cuando estudiaba canto, alcancé a ver que había mucho talento que se perdía por falta de oportunidades. Y de alguna forma, desde que me empecé a dedicar a la gestión, me propuse hacer que existan todas esas cosas que cuando yo estudiaba no existían.

Estás a cargo de los programas Música Educa, Red Coral, Artistas FIA e Ibáñez Atkinson Young Artist Program, que la fundación realiza en convenio con el Municipal ¿Qué propósito en común tienen esas iniciativas?

En la Fundación creemos que la música es una herramienta de vida y desarrollo profesional y que, a través de ella, se puede ser mejor persona. Y buscamos que si, en el camino alguien decide dedicarse a la música, tenga las herramientas necesarias para hacerlo.

Estos programas forman una especie de círculo virtuoso. Música Educa, por ejemplo, es un programa de capacitación para profesores de música y busca que las clases de esta asignatura sean lo más provechosas posible, acercando la música a los niños de manera lúdica.

Los Artistas FIA son ya cantantes que están comenzando a introducirse en el mercado profesional y a quienes brindamos apoyo, no solo económico, sino también asesorándolos respecto de qué contratos buscar, cómo introducirse en el mercado internacional, entre otras.

Andrés junto a alumnos FIA-YAP y el pianista Jorge Hevia.

El Ibañez Atkinson Young Artist Program, en tanto, es un programa que busca entregar las herramientas necesarias a jóvenes cantantes líricos de talento sobresaliente, por medio de la expertise de destacados maestros de distintas partes del mundo, con el fin de que puedan posicionarse ante estudios de ópera de primer nivel en Europa, por ejemplo.

Se trata, finalmente, de un círculo virtuoso que tiene como hilo conductor el desarrollo profesional a través de la música.

Los alumnos ya han empezado a tener clases presenciales en el Municipal y dos de ellos van a ser parte de la ópera concierto Don Giovanni, Vanessa Rojas y Pablo Santa Cruz. ¿De qué manera crees que ha sido clave para este programa trabajar en conjunto con el Municipal?

Este programa no funciona si no es con el Teatro Municipal. Es clave que los alumnos, mientras estudian técnica vocal, respiración, movimiento escénico y todo lo que considera un programa como este, vean y sean parte del funcionamiento de un teatro. Que puedan presenciar un ensayo, tener acceso a los cantantes que vienen, conversar con los conductores y maestros y, por supuesto, la opción de llegar a hacer un rol, como es el caso de Vanessa y Pablo.

¿Crees que el talento nace o se hace?

A mí me gusta pensar que el talento se descubre y se desarrolla. Y el descubrirlo generalmente viene relacionado con una oportunidad puntual, que puede ser muy aleatoria o no. Un diamante en bruto puede quedarse ahí y siempre va a ser un diamante, pero a medida que se vaya puliendo, va a ser más brillante y bonito. Y eso es una decisión propia.

A veces también los talentos subyacen a otros talentos. Quizás yo llegué a la música pensando que tenía un talento para el canto lírico, pero creo que tengo mucho más talento para descubrir cantantes y articular lo necesario para que proyectos de ese estilo funcionen. Esto me apasiona mucho más que el canto, que me gustaba, pero me moría de miedo y de vergüenza. Nunca fui muy feliz cantando arriba de un escenario.

Andrés como jurado en la final latinoamericana para Paris Opera Competition, 2018.

¿Cómo convencerías a una persona que nunca ha ido a la ópera de ir a ver Don Giovanni?

Yo siempre he dicho que lo peor que le puede pasar a alguien que va por primera vez a ver una ópera, es ver una ópera muy complicada. Entonces siempre recomiendo por primera vez, tratar de ver Mozart, Las bodas de Fígaro o Don Giovanni, que son geniales.

Si vas a ver Don Giovanni por primera vez, lo primero que te recomendaría es poner atención en la obertura porque uno puede palpar cómo Mozart musicaliza lo sobrenatural. Lo otro es que pongas mucha atención a Leporello, porque si bien la obra se llama Don Giovanni, de alguna manera el protagonista es Leporello, por ser el que une todos los conflictos que se desencadenan durante la obra. Y también te diría que saques tu conclusión de si Don Giovanni es una persona mala o no tanto. Si bien hace cosas terribles, es un personaje bastante cómico.

 


Cuestionario Desde la galería

Un recuerdo de infanciaTengo tres hermanos: dos hombres y una mujer, yo soy el mayor. Cuando éramos chicos nos gustaba mucho jugar a las peleas, teníamos unas espadas de plástico. Mi papá nos ponía nombres y escribía el nombre a las espadas para que no se confundieran y nos fascinaba porque eran nombres muy raros. Uno era Sigfrido, otro era Tannhäuser y el otro Gotan. Siempre pensábamos: “¿Cómo se le ocurren estos nombres a mi papá? Que es creativo…” Y claro, 15 años después me empecé a encontrar en el conservatorio con la obra de Wagner, y ahí están todos estos personajes. Mi papá sacaba todos esos nombres de esas obras. Me fui dando cuenta con el tiempo que quizás lo hacía a propósito, que a través de un juego nos estaba enseñando un concepto cultural.

Mi primer amor artísticoA los 11 o 12 años me enamoré del modelo Les Paul de las guitarras eléctricas. Pero de verdad me enamoré. Me obsesioné con la forma de esa guitarra antes de aprender a tocarla. La dibujaba, y hasta me hice una de cartón grande con cuerdas de lana. Estuve muchos años en eso. Yo creo que por eso me metí en el rock.

Una persona que admiro:  Mi señora. Aparte de ser la mamá de mi hijo, es una persona tremendamente profesional y que tiene una característica fantástica: está siempre contenta, con un optimismo sin igual. Es increíble mamá, increíble profesional, amiga y esposa al mismo tiempo. Me saco el sombrero.

Mi obra de cabeceraSiempre vuelvo, de una u otra forma, a Clave bien temperado de Bach, pero con la salvedad de que generalmente vuelvo a la versión en piano.

Mi leitmotiv: Sin prisa, pero sin pausa.

Mi escenario ideal: Una cabaña en la playa o en el sur.

Un secreto de Santiago: Para muchos no es secreto, pero el lugar más bonito, lejos, es el Campus Oriente de la Universidad Católica.

En mi pantalla: Acabo de ver de nuevo completa la serie Breaking Bad.

En mi papel: Un verdor terrible, de Benjamín Labatut. Un libro de un chileno que es espectacular. Tiene un hilo conductor entre ciencia, experimento e histórico, y los cambios que han tenido estos para bien y para mal. Está escrito de una forma narrativa muy particular, que no es ni un ensayo ni una novela.

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