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Roberto Oswald | Transformando la estética en un personalísimo lenguaje

[+Biografías] Roberto Oswald debutó en el Municipal de Santiago en 1978, con La valquiria. “Yo tenía un contrato acá [en Buenos Aires] y él me llamó diciendo: ‘Por favor vení, que esto es un horror; ayudáme con la ropa’. Fui tres días, arreglé, hice pruebas, decidí todo y me volví”, recuerda el vestuarista Aníbal Lápiz, dupla –y amigo– del escenógrafo, iluminador y director de escena argentino. Y es que, en 35 años de relación, además de legar más de una treintena de producciones –con una estética que pronto se transformó en un personalísimo lenguaje–, Oswald fue testigo y actor del perfeccionamiento del quehacer teatral del Municipal.

“Era un teatro que recién se iniciaba y era muy deficiente. Para nosotros es un gran orgullo que fuimos uno de los precursores del Municipal. Después fue mejorando hasta llegar a ser un teatro con mucho nivel, donde se hacen producciones como en cualquier parte del mundo”, comenta Lápiz.

Oswald, el wagneriano

He buscado reflejar a través de forma y color la emoción inmanente de los espacios que sugiere el autor. Así, diseños de entornos, texturas y materiales se subordinan al sentimiento que la conjunción de palabras y música despiertan. – Frase de Roberto Oswald acerca de Wagner, publicada en programa de sala de Parsifal (1999).

Wagner era su compositor predilecto y, fiel a su carácter profundamente estudioso, conocía su obra de memoria. Además de llevar sus saberes a sus puestas en escena, en una época compartía esa pasión con sus conocidos en sesiones musicales en su casa. “Todos ellos terminaron siendo wagnerianos”, ríe Aníbal Lápiz. Gracias a los montajes que lideró en el Municipal –la mayoría de ellas junto al director musical Gabor Ötvos, otro wagneriano–, Oswald fue uno de los grandes difusores de la obra del músico alemán en nuestro país: fue el primero en hacer la tetralogía El anillo del Nibelungo (1994–1997) –estreno en Chile, a excepción de La valquiria–, además montajes de El buque fantasma (1981, 1992), Tannhäuser (1983), Tristán e Isolda (1986), Lohengrin (1988), Parsifal (1999, 2013) y Los maestros cantores de Nüremberg (2001). Muchas de ellas fueron estrenos en Chile, al igual que Jenufa(1998) y Wozzeck (2000).

Tristán e Isolda, su ópera favorita

La montó más de quince veces a lo largo de su vida. La primera fue en el Teatro Colón en 1963, ocasión en la que sólo diseñó la escenografía. “Lo único que conservó hasta el último Tristán e Isolda, que era muy hermoso, fue la famosa antorcha amarrada en el jardín a dos cadenas que cruzaban todo el escenario. Cuando ella decía ‘no vacilaré en apagar esta luz, así sea la luz de mi vida’, soltaba la antorcha con fuego –¡que era un peligro! –, las cadenas volaban, desaparecían y de ese jardín maravilloso pasaba al cosmos, donde se encontraba con Tristán”, recuerda Aníbal Lápiz.

En Chile la presentó en 1986 con una gran acogida tanto del público –“aplaudió el espectáculo con manifiesto entusiasmo”, consignó El Mercurio– como de la crítica. “[Roberto Oswald] optó por llevar la sobriedad escénica hasta el extremo, movido, suponemos, por acentuar el drama interior. Los objetos fueron los estrictamente indispensables, en tanto se intentó ofrecer la dimensión real y la psicológica de los personajes por medio de una concepción preponderantemente surrealista (en lo visual, sobre todo en el final de la obra, hubo una marcada aproximación a Dalí)”, escribió el diario capitalino.

Turandot, una de sus más grandiosas puestas en escena

La primera Turandot de Roberto Oswald fue la que estrenó en el Teatro Municipal en 1979. “La armé como una laca china, con fondos negros y superficies planas, con leves texturas, tal cual ellos trabajan sus jarrones y ornamentos”, contó el artista argentino al diario Clarín en 2006. Luego de ésta, la ópera de Puccini regresó en cuatro ocasiones al escenario capitalino –ésta es la quinta– con producciones suyas; tres de ellas fueron nuevas versiones y el resto revisiones de estas, las que muchas veces se entremezclaron con elementos de montajes anteriores. “Ya había usado dragones, quimeras, fondo rojo, laca, piedra, así que quise que lo chino apareciera casi por abstracción, con un único elemento muy puntual. Así recurrí a los célebres guerreros encontrados en las excavaciones recientes, que tienen una belleza inocente que los aleja de todo lo que pudiera verse como kitsch o turístico”, explicó a Clarín acerca de su última aproximación a Turandot.

Parsifal, el último capítulo de una vida dedicada a la ópera

“Paso muchas semanas estudiando los títulos, aun los que conozco bien. Los escucho, leo mucho cómo se gestó la obra, el momento histórico, porque le busco una llave, la forma de penetrar en la obra”, contó Oswald en una entrevista al diario argentino La Nación en 2002. “Él estaba casado con su trabajo, era lo más importante de su vida. No daba ninguna concesión: decía que nosotros nos debíamos a los autores, que teníamos que respetar al compositor y después crear lo nuestro. Aportó su agilidad y rapidez y la idea de no llenar la ópera de cosas superfluas. Dibujaba y dibujaba en cualquier lado, hasta en una servilleta, y después lo pasaba hasta que llegaba al resultado final. Pero pasaba por muchas etapas, sobre todo de limpieza. En lugar de agregar, agregar y agregar, como muchos, él sacaba, sacaba y sacaba. Los dos trabajábamos de esa manera. Y nos criticábamos mutuamente: cuatro ojos siempre ven más que dos”, dice Aníbal Lápiz.

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