Ballet

La flauta mágica elegida por Béjart

Maurice Béjart (1927 – 2007) desarrolló un lenguaje coreográfico nunca antes visto: uno que tiene como base la técnica del ballet clásico, pero que se nutre de otras expresiones dancísticas –especialmente danzas tradicionales orientales, africanas y americanas–, además de la pintura, el teatro, la filosofía, la poesía, el cine, entre otras cosas. Béjart usaba todo aquello que le permitiera la libertad de movimientos. “Mi apuesta es por el mestizaje cultural”, dijo a El Cultural en 2001. La música que usó fue variada –desde Mozart hasta Queen– y sus producciones eran simples y abstractas, tanto porque creía que había que depurar el espectáculo de todo lo accesorio como porque tenían que ser obras sencillas de montar en cualquier escenario.

Para algunos, lo suyo fue una revolución, para otros, más bien, una evolución del ballet. Fue un vanguardista y su obra fue controvertida, pero sus motivaciones eran otras. Béjart dijo que “provocar no sirve para nada”. Él buscaba “devolver a la danza su dignidad” y hacerla un arte tan popular como el cine, explotar las posibilidades expresivas de las estrellas con las que trabajaba –Rudolf Nureyev, Maya Plisétskaya, Jorge Donn, Marcia Haydée y Sylvie Guillem–, y dar nuevas posibilidades a los bailarines hombres, entre otras cosas.

La flauta mágica en una nueva dimensión

En el caso de La flauta mágica (1981), su punto de partida fue la música. Béjart solía crear ballets a partir de música vocal, era amante de la obra de Mozart y, en particular, de su última ópera, por su alto contenido simbólico. Y creía, también, que a La flauta mágica le faltaba algo. “Tiene un mensaje que está destinado al ser humano en general; un mensaje de fraternidad, de felicidad, de cómo el ser humano puede dirigirse en la vida y, sobre todo, cómo puede dirigirse en relación a la pareja. Yo creo que esta ópera solamente cantada da sólo un aspecto del problema y que la danza la lleva a una dimensión mágica y, al mismo tiempo, a una dimensión esotérica”, comentó el coreógrafo.

Lo primero, fue resolver la fuente musical. “Él escogió la Orquesta de Berlín, con Karl Böhm como director [Deutsche Grammophon, 1965]. Mejor que eso no puedes tener. Por eso nunca quiso hacerlo con orquesta en vivo. Él quería tener a los mejores cantantes, la mejor orquesta y el mejor sonido”, comenta Marcia Haydée acerca de la grabación que se usa para el ballet, que incluye las voces de Evelyn Lear, Roberta Peters, Lisa Otto, Fritz Wunderlich, Dietrich Fischer-Dieskan, Franz Crass.

“Él decía que La flauta mágica era perfecta, pero que la única cosa que le faltaba era la danza. Y la danza expresa con el cuerpo todo lo que los cantantes están diciendo”, dice la directora artística del Ballet de Santiago. Crear la coreografía tomó a Béjart cuatro años. “Normalmente un ballet tiene mucho cuerpo de baile, algunos solistas y dos o tres principales. En este son 20 personajes y todos son principales, entonces él, coreográficamente, tenía que encontrar un vocabulario diferente para cada uno”, explica Haydée.

 

Ballet | LA FLAUTA MÁGICA | 2, 4, 5, 6, 7 de septiembre de 2017
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